Rafael Luciani coordina el proyecto Togethe/Juntos
Teólogos y pastoralistas de todo el mundo inauguran el primer ecosistema sinodal para reflexionar sobre el Documento Final del Sínodo
El velo de silencio que imperó en las estructuras eclesiásticas logró que muchas causas civiles prescribieran
“En el momento del nombramiento del arzobispo en Washington Theodore McCarrick en 2000, la Santa Sede actuó sobre la base de información parcial e incompleta. Desgraciadamente, se cometieron omisiones y subestimaciones, se tomaron decisiones que después se evidenciaron equivocadas”. Esta es una de las conclusiones del ‘Informe McCarrick’ presentado este martes por el Vaticano, después de dos años de estudio.
Un informe en el que, si bien veladamente, se admite la mala praxis del entramado eclesial, que no supo, o no quiso, ver la actuación de este depredador que, como muchos otros, alcanzó grandes cotas de poder en la Iglesia... y que morirá sin pisar la cárcel, mientras sus víctimas han vivido una eterna doble condena: la de los abusos, y la del silencio, y el encubrimiento, de la jerarquía católica. Una práctica que, por desgracia, se ha dado en medio mundo. Australia, Estados Unidos, Irlanda, Alemania, Reino Unido, Perú, Chile, España...
Porque McCarrick no ha sido, ni mucho menos, el primer caso de clérigo que, durante décadas, actuó con total impunidad. Aunque se sabía, claro que se sabía. Como el propio informe indica, a Roma llegaron varias denuncias contra McCarrick, y la constatación de que el entonces obispo de Newark no era de fiar. Pero Juan Pablo II hizo oídos sordos a las acusaciones, y creyó a McCarrick en lugar de a las víctimas. Benedicto XVI tampoco supo, o quiso, condenar al purpurado, y se limitó a unas ‘recomendaciones’ de vida retirada, que ni McCarrick cumplió ni Roma -ni Viganò, entonces nuncio en EEUU- hizo cumplir. Todo, claro está, en el más absoluto silencio. Nadie supo nada, nadie hizo nada.
Como McCarrick, Marcial Maciel. Posiblemente, el mayor depredador en la historia reciente de la Iglesia católica, que abusó de casi un centenar de niños durante décadas, muchos de los cuales acabaron convirtiéndose en victimarios dentro de un entramado corrupto y de silencio, en el que ‘nuestro padre Maciel’ resultaba intocable. Y, mucho peor: eran las víctimas las culpables.
Los Legionarios de Cristo tardaron más de tres décadas en reconocer los abusos de su fundador, protegido como en el caso de McCarrick por Juan Pablo II y su fiel Estanislao Dzwisz. La contrapartida, en ambos casos, era evidente: una fuerte financiación proveniente de México y Estados Unidos, y nuevas vocaciones sacerdotales para el proyecto de involución en la Iglesia católica. Roma cumplió, ninguno pisó la cárcel. El último ejemplo, el de los abusos de Nicola Corradi en el Instituto Próvolo de La Plata, declarados prescritos por la Justicia.
Sí lo ha hecho Fernando Karadima, uno de los depredadores más tristemente famosos de Chile, y que durante décadas hizo y deshizo a su antojo en la Iglesia austral. Formador de buena parte del episcopado del país -defenestrada por Francisco tras desatarse el escándalo-, pudo sortear las acusaciones contra él y sus protectores, hasta el punto de engañar al propio Bergoglio.
La constancia y tenacidad de Juan Carlos Cruz, James Hamilton y José Andrés Murillo lograron, al cabo de décadas, que el sacerdote diera con sus huesos ante el juez, y provocaron que Francisco hiciera de Chile la punta de lanza del proceso de limpieza en la Iglesia. Que, pese a todo, sigue manteniendo sus miserias.
Luis Fernando Figari pasó algún tiempo en la cárcel, pero ahora disfruta de semilibertad en un hogar de la institución fundada por él, el Sodalicio de Vida Cristiana, tras ser condenado (sólo canónicamente) por el Vaticano. Como en muchos otros casos, el velo de silencio que durante años imperó en las estructuras eclesiásticas logró que muchos pederastas y abusadores vieran prescritas sus causas civiles.
En cuanto a las canónicas.... una cosa es la sanción, y otra su cumplimiento, como pudo verse en el caso de las víctimas de Astorga o en el de Manuel Cociña, el primer abusador del Opus Dei, que vive plácidamente en una casa de la Obra después de años de ocultamiento marca de la casa.
La prueba es la reacción de la Obra y del colegio Gaztelueta ante la sentencia condenatoria del profesor numerario. Ninguna. Un silencio que revictimiza a los supervivientes y que sirve de caldo de cultivo para muchos abusadores que sienten cómo, pese a los esfuerzos de Francisco, la Iglesia sigue siendo un lugar ‘seguro’... para ellos.
También te puede interesar
Rafael Luciani coordina el proyecto Togethe/Juntos
Teólogos y pastoralistas de todo el mundo inauguran el primer ecosistema sinodal para reflexionar sobre el Documento Final del Sínodo
El Papa avala el plan de Trump para Gaza: "Parece una propuesta realista"
León XIV, rotundo: "Decir 'estoy en contra del aborto pero a favor de la pena de muerte' no es estar a favor de la vida"
El patriarca inaugura en Tesalónica la segunda conferencia científica internacional organizada por la Iglesia de Grecia
Bartolomé I: "La fe no conoce fronteras, y el cristianismo es ecuménico por la fe"
Anima a "fomentar una cultura de paz en la sociedad, requisito esencial para el futuro de Italia y del mundo entero"
Pietro Parolin: "La Santa Sede está al lado de los pacificadores"
Lo último
Más allá de la dicotomía entre cuidado y curación.
Dejarse cuidar
Relación histórica y actual entre curar y cuidar.
Curar y cuidar
Sin comunidades alternativas en la periferia no habrá cambios internos. La historia lo demuestra: ninguna estructura se reforma solo por argumentos. Las reformas nacen cuando existen formas de vida creíbles que muestran que otra Iglesia es posible.
Monacato laico: renovar la iglesia dejando atrás una jerarquía enferma