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Testimonio presencial del encuentro del Papa con las víctimas de la violencia en la RDC
En el último día de la estancia del papa Francisco en mi país, la República Democrática del Congo (RDC), al echar la vista atrás, tengo que detenerme en la jornada del miércoles 1 de febrero, la más larga e intensa por muchas cuestiones.
Después de la misa, con más de un millón de personas en el aeródromo de Ndolo, hubo otros dos encuentros, por la tarde, en la Nunciatura. El más esperado fue, ciertamente, el que mantuvo con una representación de las víctimas de las violencias de la parte oriental del país, y en el que yo estuve presente. Hubo testimonios acerca de la crueldad y de la brutalidad bestial que las poblaciones de la parte oriental sufren en el día a día.
Entre las víctimas destacaba una chica de 17 años, madre de dos gemelas, también presentes, concebidas después de un estupro por parte de miembros de grupos armados. Como hizo el resto de las víctimas, contó del drama que sufrió, pero también la manera en que algunas asociaciones diocesanas, activas en el campo de cuidados a las víctimas, les han ayudado. Todos subrayaron el trabajo hecho sobre la comunidad para que la mirada del entorno de cierto desprecio se mudara en compasión y respeto.
La ceremonia comprendía asimismo un gesto de perdón y de empeño por la reconciliación. Las víctimas depositaron simbólicamente los instrumentos de tortura y de muerte: machetes, cuchillos, hachas… bajo un gran crucifijo, que se encontraba al lado derecho del Papa. El cuchillo fue entregado por una joven cuyos varios miembros de su familia fueron asesinados con él, en su presencia, diciendo que se fuera a darlo a las fuerzas de seguridad. Una historia durísima que da idea del terrorismo psicológico que se lleva a cabo en estas guerras tan sucias.
Fue quizás la etapa más emocionante, por la dureza de los relatos, pero también por la dignidad de la gente a pesar de esas atrocidades. De hecho, el Papa se emocionó y su voz algo se mudó. Tuvo palabras fuertes y denunció una crueldad que cubre a la humanidad de vergüenza. Tuvo también palabras de consuelo y de ánimo. Habló de esperanza y alabó la disponibilidad para el perdón por parte de las víctimas.
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