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El Papa vuelve a improvisar su discurso y recalca que la Iglesia tiene que tener "las puertas abiertas"
Segunda venida de Francisco al santuario de Fátima, y la misma emoción ante la Virgen de la primera vez, en 2017, cuando peregrinó hasta Cova da Iria un 13 de mayo de 2017 para canonizar a los 'pastorcillos' Francisco y Jacinta Marto, la sexta visita que un pontífice realizaba hasta el emblemático lugar de las apariciones tras Pablo VI, Juan Pablo II (en tres ocasiones) y Jorge Mario Bergoglio.
No quiso el Papa dejar de acercarse (esta vez en helicóptero militar, en un vuelo de 50 minutos desde Lisboa) a encomendar de nuevo (la primera vez lo hizo al inicio de su pontificado, en 2013) la protección del mundo a la Virgen de Fátima, en lo que es, hasta ahora, el momento más espiritual de su participación en la JMJ de Lisboa, cuyo lema, no por casualidad tampoco, es “María se levantó y partió sin demora” (Lc 1, 39).
La llegada fue, de nuevo, un baño de masas para Francisco, a quien esperaban más de 200.000 de fieles, muchos de los cuales habían pasado la noche en los alrededores del santuario para poder saludarlo desde las primeras filas y con las lágrimas a flor de piel por la emoción del momento. Dentro, en la Capilla de las Apariciones, un grupo de jóvenes enfermos y presos, una pequeña representación de los más pequeños, "los preferidos de Dios" como dijo la víspera, en el centro parroquial en el barrio de Serafina.
La oración -y la mirada- fue para ellos y con ellos, pero con interpelaciones hacia la Iglesia, hacia su interior, hacia lo que es y debe ser. "La Iglesia -señaló en su discurso Francisco, que sólo leyó en sus primeras hojas- sólo puede ser un hogar lleno de gozo. La pequeña capilla en la que nos encontramos es una hermosa imagen de la Iglesia: acogedora y sin puertas, para que todos puedan entrar, un santuario al aire libre, en el corazón de esta plaza que evoca un gran abrazo materno. Sea siempre así en la Iglesia, que es madre: puertas abiertas para todos, para facilitar el encuentro con Dios; y lugar para todos, porque cada uno es importante a los ojos del Señor y de la Virgen".
"Aquí también podemos insistir en que todos puedan entrar, porque esta es la casa de la Madre, y la Madre siempre tiene el corazón abierto para sus hijos, todos, todos, sin exclusión", volvió a improvisar Francisco -ya no volvería al discurso original", en una frase que va a quedar como la más repetida y coreada de esta JMJ, y que fue rubricada con un aplauso por los miles de fieles.
A continuación, finalizó con una hermosa reflexión mariana en la que subrayó la condición de Nuestra Señora Apurada, -"se apura para estar cerca de nosotros"-, dejando allí para la posteridad una nueva invocación, que pareció convencerle, tras la traducción que le hizo el presidente de los obispos portugueses, José Tórnelas, de Nuestra Señora Apressada.
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