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Manos Unidas analiza las consecuencias de la guerra infinita en la República Democrática del Congo
Esta mañana la ONGD Manos Unidas ha acogido en su sede de Madrid un encuentro sobre las consecuencias del conflicto en República Democrática del Congo, que lleva afectando a toda la Región de los Grandes Lagos desde 1996 a la actualidad, aunque internacionalmente se haya olvidado, como todo lo que se cronifica. Los protagonistas del encuentro han sido la periodista y activista congoleña Caddy Adzuba y el misionero español Aurelio Sanjuan, que ha pasado 40 años en el Congo.
En España para recibir un premio de Manos Unidas, Adzuba ha explicado que ha pasado cuatro meses fuera de su país, porque se encuentra amenazada de muerte. Porque tiene 38 años y solo ha vivido 14 de esos años en paz. “El resto ha sido guerra, violencia sexual, miedo”, ha dicho. Premio Princesa de Asturias de la Concordia en 2014, la joven congoleña no ha tardado en matizar: “Y quizá soy una privilegiada”, rodeada de personas que sufren los peores golpes del conflicto: el hambre, la migración, la vulneración sistemática de los derechos humanos. Personas que “no saben quiénes son: si son apátridas o congoleños”.
Habitante de un país que hace dos siglos ya padeció el terrible genocidio de un sádico colono, Leopoldo II de Bélgica, lo que a Adzuba le preocupa es “qué pasa en el mundo después de la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos”. ¿Por qué no se cumple? “Todo el mundo conoce que esa ley existe -la declarado-, pero en muchas partes del mundo hay racismo, crímenes contra la humanidad, desigualdad…”.
La activista africana ha reflexionado sobre la paradoja de que el Congo sea uno de esos países que han querido presumir de democracia incluso al proclamar su nombre: República Democrática del Congo. “En efecto, matar se ha convertido en algo muy democrático”, ha ironizado. “Mi país se ha convertido en un campo de fútbol en el que hay árbitros y partido pero no hay público. ¿Dónde están los congoleños?”, ha sentenciado.
De la misma manera, cabría preguntarse dónde están los organismos internacionales. Otra palabra oficial, por la perversidad de lo que esconde, consigue indignar a Caddy Adzuba: la Misión de Observación de las Naciones Unidas en el Congo. “El de la ONU en mi país se trata de un problema estructural: su política no es pacificar, sino observar la matanza de congoleños contra congoleños”. Después de subrayar que en la “misión más importante de las Naciones Unidas en el mundo” (la que más fondos recibe) pesan más las presiones, los intereses de la economía mundial por perpetuar el conflicto que salvar vidas, Adzuba lanza la pregunta: “¿Cómo un ejército bien aprovisionado de armas no evita una masacre?”.
A diferencia de los 19.000 cascos azules de la ONU en la RDC, los militares de la guerra congoleña pasan hambre. “De ahí hacer pillaje, robar, violar…”, dice Adzuba, extendiendo ese rosario dramático de verbos. El hambre despierta lo peor del hombre. Un hombre hostil al hombre.
Con un aplomo que parecería imposible, la activista ha explicado qué significa hablar, en el contexto de esta guerra, de “violencia sexual sobre las mujeres”. No significa que las violen. Significa que las violan introduciendo cuchillos, palos o botellas de plástico prendidas de fuego en su sexo. “A algunas las metieron granadas, que explotaron dentro de su cuerpo”. No significa que las violen. Significa que entran en sus casas, obligan a sus hijos varones a violarlas, matan a sus maridos, las vuelven a violar ellos, los hombres armados. Así, en ese orden. Esa fue la espeluznante historia de Mónica, una madre normal de una aldea congoleña, que esa mañana habría ido al mercado a por legumbres.
“Después de vejarla hasta el final, la raptaron y llevaron al bosque”, ha continuado Caddy Adzuba. Allí la pisaron, la orinaron, la esclavizaron. Cuando tuvo fuerzas para preguntar por ellos, sus verdugos le contaron que le habían estado dando de comer su carne, la carne de sus hijos. “Enterré junto a Mónica lo único que le devolvieron de ellos: 5 cráneos”, ha explicado Adzuba. “Cinco días después, Mónica no existía”.
No significa que las violen. Significa que las violan introduciendo cuchillos, palos o botellas de plástico prendidas de fuego en su sexo. No significa que las violen. Significa que entran en sus casas, obligan a sus hijos varones a violarlas.
¿Cómo superar haber experimentado esa maldad indescriptible del ser humano, destruyendo lo que más querías? La periodista ha expresado -en Manos Unidas como lo ha hecho ante la Corte Penal Internacional- que todas las naciones son responsables de lo que estas mujeres necesitan: “Protección física, justicia, reparación y empoderamiento”. Para sobrevivir al feminicidio y tomar las riendas de su vida. Para reconstruirse o al menos “paliar esa situación, que genera un trauma permanente”.
Tanto Adzuba como el padre Aurelio Sanjuan han coincidido en que, en África, los fusiles están vinculados a la explotación minera. Que el caucho, el marfil, el oro, los diamantes y el coltán que se exportan al Primer Mundo contienen trazas de sangre. “La causa de la guerra en el Congo es su riqueza”, ha dicho el misionero de los padres blancos, “Dios nos ha maldecido con la riqueza”. Hablando en plural porque, después de toda una vida en la misión, se siente congoleño. “Cuando regresé a España, me prometí dejar un buen recuerdo e irme con un buen recuerdo”.
Sin duda lo demuestra hablando: la dictadura, el miedo a los militares, los 4 días que duró su secuestro… pesan menos que los recuerdos felices, su amor por un pueblo de “gente pacífica”. “La guerra no la hacen los congoleños”, insiste, “la del Congo es una guerra subvencionada por Estados Unidos para robar minerales”. Ha apuntado que la presencia de la ONU la financia dinero estadounidense, con el objetivo de perpetuar su saqueo de la tierra bajo los ojos cómplices de los cascos azules. Y mientras tanto los misioneros, ayudados por la cooperación al desarrollo (la colaboración en el terreno de Manos Unidas, por ejemplo), “estuvimos un mes recogiendo cadáveres”.
Si algo tienen en común, misionero y activista, es la magia con la que luchan, habiendo sido testigos de una violencia espeluznante, para que la paz vuelva. Utilizando la memoria de las violadas para empoderar a las supervivientes. La de los niños asesinados para educar a los que viven.
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