Al principio, el Cuarto Evangelio dice: "Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron" (Jn 1, 11).
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Sin embargo, el modo en que lo hace no es el de quien asume para sí títulos como el de Mesías y rey.
En la liturgia latina, seguida por varias Iglesias de Occidente, la celebración del Domingo de Ramos reúne elementos de dos liturgias diferentes y aparentemente opuestas. En los siglos IV y V, la Iglesia de Jerusalén celebraba en este domingo la entrada festiva de Jesús en la ciudad. Se hizo una procesión con ramas como para actualizar la entrada de Jesús para celebrar la Pascua. Fue una fiesta. Al mismo tiempo, en este mismo domingo, la Iglesia de Roma, que aún no conocía el Viernes Santo ni el Triduo Pascual, celebraba el Domingo de Pasión, como el próximo será el de Resurrección. Así, el mismo domingo hubo dos liturgias aparentemente opuestas: la celebración festiva de la Iglesia de Jerusalén, que celebraba la realeza de Jesús, y la de Roma, en el ambiente del Viernes Santo, en la que se leía el relato de la Pasión como evangelio.
La actual liturgia latina ha unido a ambos. Comienza con el rito de los ramos y proclama el Evangelio de Marcos 11, 1- 10. Es un ambiente festivo que incluso tiene una procesión. Luego viene la misa centrada en la Pasión, en este año B, con el relato de la pasión según Marcos (Marcos 14,1 a 15,47). Como muchos otros hablarán de la pasión, pido permiso para meditar sobre el evangelio leído para la celebración de los ramos: Marcos 11, 1- 10.
El relato de la entrada de Jesús en Jerusalén se cuenta de forma simbólica y muy vívida. Es como el teatro de la calle. El evangelio nos dice que Jesús lo prepara todo con detalle. Envía a dos discípulos a pedir prestado un burro y Jesús entra en Jerusalén, montado en el burro y aclamado por el grupo de peregrinos que entra con él en la ciudad. Este gesto simbólico reúne a un numeroso grupo de peregrinos del campo, de Galilea El Evangelio explica: "ramas traídas del campo". Aclamar con ramos en la mano y cantar el Salmo 118, del que procede el grito del pueblo: "Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor", eran costumbres de la liturgia de la fiesta de las Tiendas. Tal vez, esta entrada festiva ocurrió en un viaje de Jesús a una fiesta de las Tiendas y el evangelio la ha transportado al contexto de la Pascua. En el judaísmo, la fiesta de las Tiendas recuerda la travesía del pueblo en el desierto y alimenta la esperanza mesiánica de liberación. La entrada de Jesús en la ciudad de esa manera lo situaba como el Mesías. El hecho de que la gente extendiera mantos en las calles para que pasara Jesús era un gesto muy conocido que se realizaba con los liberadores políticos. La palabra Hosanna podría significar "Líbranos del opresor (romano)".
La escena parece una manifestación política de un grupo subversivo que toma la ciudad de forma simbólica y no violenta. Marcos sitúa el acontecimiento en la entrada a la ciudad desde el Este, lo que para la tradición bíblica es significativo. El Monte de los Olivos, por el que llega, fue el lugar de la victoria del pueblo contra los sirios en la época de los Macabeos.
Todo esto puede provocar dos interpretaciones de este episodio que pueden ser erróneas. La primera es imaginar que Jesús se presentó como el Rey Mesías. Durante toda su vida, Jesús rechazó el título de Mesías y menos aún el de rey. ¿Lo habría aceptado de repente, a la entrada de Jerusalén? Si es así, Jesús finalmente cedió al modelo de misión que, desde el principio, los discípulos siempre habían querido. Era lo que la multitud deseaba, pero él nunca había aceptado: ser rey y mesías.
La segunda interpretación sería una relectura más política del evangelio. La escena de la entrada de Jesús en Jerusalén sería claramente una manifestación fanática y revolucionaria. Jesús habría entrado en la ciudad del templo como un mesías que se rebelaba contra el imperio romano. Es posible que los sacerdotes y religiosos del templo hayan entendido en este segundo sentido, hasta el punto de que el evangelio de Lucas relata que habrían dicho a Jesús: "Di a tus discípulos que se callen". Jesús habría respondido: "Si se callan, hasta las piedras gritarán".
Sin duda, para la gente del campo que subía a Jerusalén con motivo de la Pascua y que acompañaba a Jesús en aquella entrada en la ciudad, y también para los discípulos de Jesús, aquella escena sirvió para avivar la esperanza mesiánica, es decir, la expectativa de una intervención liberadora de Dios que vendría a salvar al pueblo. Pero, ¿qué quiso decir Jesús y qué quiso decir con esa escena? Y lo que puede decir para nosotros hoy.
Es cierto que Jesús aparece allí como un profeta resistente que entra en Jerusalén para enfrentarse al poder religioso y político. En el capítulo anterior del evangelio de Marcos, había identificado a los discípulos como los pequeños del reino, los pobres del mundo. Sin embargo, el modo en que lo hace no es el de quien asume para sí títulos como el de Mesías y rey. El único término que utiliza y había utilizado antes es el de Hijo del hombre, que en algunos pasajes significa un representante humano de Dios, en otros se refiere a cualquier ser humano. Para Jesús, el Hijo del Hombre es Él, pero también es todo ser humano. Encarna al humano como pobre y pequeño.
En su entrada en Jerusalén, Jesús asume el mesianismo colectivo que ve la figura del Mesías no como un Hijo de David, de la familia real, sino como la humanidad de los pobres peregrinos que entran con él en Jerusalén. Una humanidad que hoy se clasifica como desechable se coloca como sujeto de la transformación del mundo. Es en la identificación con esta humanidad de los más vulnerables del mundo donde Jesús se identificará en la cena. Al lavar los pies de los discípulos en la cena, es a ellos a quienes Jesús quiere servir. Es con ellos y por ellos que será crucificado. Su resurrección será también para tomar el cuerpo de los más pobres.
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