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133 cardenales eligen al sucesor de Pedro y Francisco
A pocas horas de entrar en la Capilla Sixtina los cardenales participaron de la Misa Pro Elegendo Pontífice. Tanto antes como después, la forma de entrar y salir en San Pedro, cómo y a quienes saludaban, los pequeños grupos que formaban, sus expresiones faciales, su forma de vestir, que poco a poco ha ido perdiendo la formalidad de antaño, son detalles que no se pueden pasar por alto. También el hecho de que se mezclasen o no con la gente, inclusive que no tuviesen reparo en sacarse fotos con unos y otros.
La Misa Pro Elegendo Pontífice es una celebración que siempre marca pautas para aquellos que eligen al sucesor de Pedro. Que el cardenal Re, que presidió este momento, sea el decano del Colegio Cardenalicio fue una estrategia más de las muchas que Francisco planificó a lo largo de su pontificado. Es verdad que no le nombró, pero que sí aparecieron ideas presentes en su Magisterio.
No es lo mismo que aquel que se dirige al Colegio sea un elector que alguien que ya no entrará en la Sixtina. Re, alguien que no aparenta sus 91 años, ha ejercido un papel destacado en el funeral y en la misa de este 7 de mayo, como también lo ha tenido o al menos lo ha intentado, en las congregaciones generales. Su voz firme, su lenguaje comprensible, puede influir en una elección que según su duración puede traer resultados inesperados.
Lo primero que apuntó es dejar que la luz y la fuerza del Espíritu Santo ayude a los electores a encontrar “el Papa que la Iglesia y la humanidad necesitan en este momento de la historia tan difícil y complejo”. No anda con paños calientes y no se fija en lo de dentro, un primer presupuesto que debería indicar a los votantes que nada mirarse el ombligo, ni el propio, ni el de la Iglesia.
Hacer eso con “máxima responsabilidad humana y eclesial”, algo que se espera de todos los cardenales. Sin embargo, las actitudes de algunos nos muestran que hombres adultos, inclusive ancianos, se comportan como niños mal criados que juegan con algo que no es suyo y si de Dios: una Iglesia milenaria. De ella, decía Re, “el mundo de hoy espera mucho”, en vista de “la tutela de esos valores fundamentales, humanos y espirituales, sin los cuales la convivencia humana no será mejor ni portadora de bien para las generaciones futuras”.
Nos jugamos mucho en este pontificado, el mundo espera una Iglesia que cuide con misericordia, de todos, pero especialmente de los descartados. Para ello debe tener claro que “el amor es la única fuerza capaz de cambiar el mundo”, un pensamiento y una forma de actuar sobre la que Francisco le ha dejado el listón alto a su sucesor. Un amor fraterno que no se percibe en todos, como prueba los ataques que algunos de ellos hacen constantemente contra sus pares en el Colegio Cardenalicio y contra el propio pontífice.
El desafío es la unidad en la diversidad, decía Re, algo que cobra más sentido en un electorado tan variopinto, de procedencias tan distintas, lo que podría alargar el Cónclave. El decano hablaba de “comunión entre las personas, los pueblos y las culturas”. Son ellos quienes van a votar en la imponente Capilla Sixtina, no sabemos si con la responsabilidad de la que hablaba Juan Pablo II al ver la imagen de Jesús Juez que allí está pintada.
¿Nos regalará el Espíritu Santo un nuevo Papa según el corazón de Dios para el bien de la Iglesia y de la humanidad? ¿Concederá Dios a la Iglesia el Papa que mejor sepa despertar las conciencias de todos y las fuerzas morales y espirituales en la sociedad actual? De quienes somos Iglesia depende que el mundo no se olvide definitivamente de Dios. Pero en estos días esa responsabilidad recae especialmente de quienes entran en la Sixtina para la elección del Papa que necesita nuestro tiempo. ¿Lo conseguirán?
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