Comentario al Evangelio del 26º Domingo del Tiempo Ordinario
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Evitar visiones únicas y monocolores en las que algunos se empeñan
La Iglesia es llamada a responder a temas difíciles, complejos, situaciones que provocan diferentes reacciones. ¿Cómo responder a esas realidades en una Iglesia sinodal, como saber escuchar, entablar un diálogo con quien piensa diferente, inclusive con quien piensa muy diferente? Las Guerras de Religión, los enfrentamientos de todo tipo, forman parte de la historia, pero en la Iglesia que quiere el Papa Francisco, en esa Iglesia sinodal de comunión, participación y misión, las decisiones tienen que recorrer caminos diferentes.
El método de la conversación espiritual con el que las comunidades para el discernimiento comunitario, los círculos menores, las mesas redondas, buscan responder a las preguntas planteadas en el Instrumentum Laboris, para que funcione, debe estar inundado por actitudes de respeto, de sensibilidad, de acogida. Sólo así, y en la medida en que cada uno se siente herido y necesitado de reconciliación, se pueden dar pasos para sanarse internamente y para encontrar caminos de sanación para la humanidad.
La diversidad es algo que enriquece, siempre enriquece, nos ayuda a tener perspectivas diferentes, que llevan a evitar visiones únicas y monocolores en las que algunos se empeñan, y continúan haciéndolo a pesar del esfuerzo que el Papa Francisco y la gran mayoría de los bautizados y bautizadas hacen para que la Iglesia sea más sinodal, superando las divisiones y juntando esfuerzos para conseguir avanzar y ser una Iglesia más creíble, especialmente para quienes viven alejados.
Es en los momentos de tensión, en los temas difíciles cuando se pone en juego nuestro ser personas, pero también nuestro ser Iglesia. Romper la unidad en la diversidad nos aleja de Dios y hace que las ideologías se impongan en realidades que deberían estar inundadas de Evangelio, de sentimientos de fraternidad y de amor. Los hermanos, ante posturas diferentes, se dejan llevar por aquello que une y ayuda a crear caminos comunes, y para una Iglesia sinodal ese siempre debe ser el camino.
No se trata de huir de los conflictos o dejar sin responder a temas complejos, se trata de dejarse iluminar por el Espíritu de Dios y crecer juntos en aquello que va ayudando a vislumbrar caminos comunes, una Iglesia sinodal. En la medida en que los grandes temas presentes en la Asamblea Sinodal: comunión, participación y misión van siendo asumidos, resolver los temas difíciles y complejos se hará más fácil.
No es un camino sencillo, pero es el camino del Evangelio, el camino de Dios, que, desde la unidad en la diversidad, desde su ser Trinitario nos ayuda a entender que eso es lo que vale la pena. Que otros se empeñen en caminos contrarios no es disculpa para seguir creyendo en la necesidad de escuchar, dialogar, respetar, tener sensibilidad y acoger, a todos y todas, también a quien ve la realidad de forma diversa. Porque a final cuentas, quién dijo que ser Iglesia sinodal es fácil.
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