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Los cardenales piden un Papa profético
El cristianismo seguirá vivo en la medida en que las personas puedan descubrir la novedad que encierra. Anunciamos a alguien que está vivo entre nosotros, que no es parte del pasado, que nos abre al presente y al futuro como aquello que nos lleva a soñar con la utopía de un mundo mejor para todos, todos, todos, con el Reino de Dios.
Un Dios que se hizo más comprensible para la humanidad con el Concilio Vaticano II. Fue en esa dinámica conciliar que ejerció su pontificado Francisco, el Papa de los desheredados de la Tierra, que nunca se desentendió de los pobres. Una herencia que no deberíamos dejar de agradecer, pues eso ha supuesto un testimonio de autenticidad evangélica, que siempre tiene que ser un referente para la Iglesia en cualquier momento de la historia.
El gran desafío es responder a las preocupaciones del mundo, algo que ha llevado a cabo Francisco en sus encíclicas, exhortaciones y constituciones evangélicas, pero también en sus homilías, discursos y en tantos momentos en que se salía del guion, que era donde aparecía el auténtico Bergoglio. Un Magisterio que la Iglesia, pero especialmente su sucesor, debería seguir impulsando, o al menos no debería dejar de tener en cuenta.
Los últimos años de su pontificado estuvieron marcados por su apuesta decidida por la sinodalidad, por su llamada a mirar lejos, a ser valientes, proféticos, una cualidad que los cardenales han pedido explícitamente para el próximo Papa en las congregaciones generales, un Papa profético. Apostar por la valentía que uno siente cuando experimenta el impulso del Espíritu, lo que nos lleva a anunciar el Evangelio, con alegría y sin miedo, como una Iglesia sinodal en misión.
De ahí la necesidad de continuar un camino, que tiene como fecha destacada la Asamblea Eclesial convocada por Francisco para octubre del 2028. Su sucesor es desafiado a alentar ese proceso, en la práctica, con un compromiso decidido, sin quedarse en medias tintas. Mostrar que estamos ante un recorrido que tiene como fundamento el Espíritu que nos llama a vivir la comunión, a caminar juntos, entendiendo que el Bautismo es el sacramento primero, el fundamento de la vida cristiana, independientemente del ministerio que la Iglesia confía a cada persona. Un Espíritu que se revela cuando, como y en quien Él quiere.
Al final, la Iglesia es Madre, y una madre siempre quiere un futuro mejor para sus hijos, especialmente para aquellos que, por diversos motivos, pasan por momentos de dificultad. Eso es lo que puede construir la novedad que el futuro demanda a la Iglesia. Es tiempo de que ella encuentre a aquel que puede guiarla, una misión confiada a los 133 cardenales que en la tarde del miércoles día 7 de mayo entrarán en la Capilla Sixtina para elegir al sucesor de Pedro y de Francisco.
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