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En el vigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario, el obispo emérito de San Isidro, Mons. Oscar Ojea recordó que “estas dos parábolas que nos trae este domingo el Evangelio de San Lucas nos hablan, la primera de los puestos, de los lugares en un banquete y la segunda sobre la invitación”. Algo que le llevó a preguntar: “¿A quiénes hay que invitar?”
Según el obispo argentino, “en el tema de los puestos vemos claramente cómo Jesús denuncia al que se quiere poner en primer lugar”. En otras palabras, “hoy diríamos el que quiere figurar en la foto, el que quiere estar más cerca en una foto”. Ojea se pregunta: “¿para qué?”, a lo que responde que “para que hablen de él, para que lo admiren, para exhibirse”. A partir de ahí, afirma que “el aparentar para Jesús enmascara la realidad. El aparentar hace que la persona se haga el centro de los comentarios, del lugar, con una cierta superioridad sobre los demás. De ahí viene el término soberbia, el que va a mirar de un modo a los que cree que están debajo de él y de otro modo aquellos con quienes él puede competir”.
“La capacidad de recibir adulación y de aceptar la adulación, que se hable bien de uno hasta el colmo”, reflexiona el obispo. Eso porque “todo esto lo lleva al ser humano muchas veces a querer adueñarse de un lugar, ocuparlo primero, ocupar la foto”. Según Ojea. “aquí Jesús va a decir claramente: ‘No, mejor siéntate al final’. Y así entonces de a poquito, cuando venga el dueño va a decir: `Ponte en un lugar mejor en la mesa`”. Desde ahí resalta que “la humildad que consiste en no ser el centro nosotros, sino en poner como centro a los demás”.
Algo que da origen a la segunda parábola, según el obispo: “Cuando des un banquete, no invites a los que te pueden pagar, a los que te pueden retribuir, a los que pueden seguir hablando bien de vos, a los que pueden conservarte ese lugar de la apariencia, sino que deja de ser el centro e invita aquellos que verdaderamente a los cuales lo puedas hacer de un modo gratuito”. En ese sentido, destaca “qué importante la gratuidad en esta segunda parábola. Invito porque invito, invito porque tengo comida y porque puedo hacer fiesta. Es la fiesta de los pobres, es invitar a aquellos que no tienen modo de retribuirme porque son poco significativos en la vida social, aquellos que parecen que no son nadie”.
Para Ojea, “uno de los signos del Reino es que el Señor ha venido para evangelizar a los pobres, para dar la libertad a los cautivos, para hacer andar a los paralíticos. son los signos del Reino”. Por ello, reconoce que “también la comida preparada por el cristiano tiene que tener esta finalidad gratuita del corazón abierto. Es la comida de los pobres, porque cuando los pobres pueden compartir, lo hacen sin mirar con quién comparten”.
Finalmente, el obispo pidió “que podamos tener este corazón humilde de no buscar los primeros puestos para que el centro de nuestra vida sea el hacernos ver la preocupación solo por el lugar de uno mismo, por la apariencia y que al tener el corazón humilde podamos sentirnos más iguales, más a mano, más a tiro de todos los hermanos, especialmente de aquellos que no tienen con qué retribuirnos”.
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