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Una mezcla de tristeza y esperanza
Desde aquel 13 de marzo de 2013 en que fue elegido, Francisco siempre fue un Papa sorprendente. Una actitud que le ha acompañado hasta la tumba. La sencilla lápida incrustada en el muro de una de las cuatro basílicas papales de Roma, la de Santa María la Mayor, es una clara prueba de ello. La gente desfila continuamente desde que fue abierta su visita, contemplando la lápida en la que se lee “Franciscus”. La única compañía es la reproducción de su cruz pectoral y una rosa blanca que parece no marchitarse. Una luz en la que no pocos ven la luz del Resucitado, que acompaña secularmente la vida de la Iglesia, ilumina el ambiente.
Nada está improvisado. La tumba de Francisco estaba lista desde hace dos años, él mismo había dado su aprobación y había aportado el dinero para construirla. Nada diferente a lo que siempre hizo el Papa Bergoglio, que nunca aceptó que no le cobrasen sus cuentas. Era motivo de pelea cuando alguien no quería cobrarle. Una tumba de la que muy poca gente conocía su existencia.
Pasar delante es algo que toca el corazón de aquellos que nos hemos identificado con el papado de Francisco. Es una mezcla de tristeza y de esperanza. La fe nos dice que el último pontífice ya está en la casa del Padre. Nuestro sentimiento humano nos lleva a sentir la falta de alguien que continuamente estaba presente en nuestro pensamiento, de alguien en quien encontrábamos orientación.
Nadie sabe lo que Francisco se llevo a la tumba, pero tampoco sabemos lo que dejó para seguir ayudando a la Iglesia. El Papa Bergoglio siempre tuvo una mirada a largo plazo, aunque nunca se olvidaba del día a día, de las distancias cortas. Esa mezcla de perspectivas, de miradas, soñar, pero al mismo tiempo, nunca huir de los problemas concretos, es lo que le ha convertido en un Papa admirado por muchos.
Siempre fue consciente de que no conseguiría terminar la encomienda que le pidieron los participantes del Cónclave en que fue elegido. Pero su vida y los servicios que le confió la Iglesia siempre los entendió como parte de un proceso. Un proceso en el que se sentía eslabón de una cadena que recorre la historia de la humanidad y de una Iglesia casi bimilenaria.
Lejos de cualquier protagonismo, el desafío que enfrenta la Iglesia en este momento en que los cardenales deben encontrar un sucesor, es descubrir quien puede dar continuidad a su legado. Francisco tenía en el Concilio Vaticano II su hoja de ruta, pero él era consciente que todavía falta un largo camino que ese modo de caminar sea entendido y asumido por todos, todos, todos.
Vivimos un momento histórico en que la tentación de ser deslumbrados por múltiples elementos es algo presente en mucha gente. Frente a ello, la penumbra que envuelve los laterales de la tumba de Franciscus nos ayuda a fijarnos en la Cruz que está en el centro. Es la cruz pectoral que siempre le acompañó en su episcopado, primero en Buenos Aires y después en Roma. Una cruz donde destaca la imagen del Buen Pastor, que nos muestra el empeño que siempre tuvo Jorge Mario Bergoglio en cargar a cuestas a los más vulnerables, a los descartados.
Fueron ellos quienes más se identificaron con su persona, y son ellos, los desheredados de la Tierra, que esperan impacientes la llegada de alguien que no los ignore. Alguien que tenga la misericordia que le permita bajar la vista para descubrir que hay alguien tirado al borde del camino. Alguien que no corra al Templo, que vaya apresurado al encuentro con ritualismos de los que los últimos casi nunca consiguen participar.
Franciscus continúa cuidando, desde ese lugar escondido en la pared, que para las miradas de muchos puede pasar desapercibido. Es allí donde siempre irá quien se deja iluminar por la luz que pone en el centro el signo de Aquel que dio la vida por todos, todos, todos. Francisco, sabemos que tu cuerpo está escondido en ese lugar, pero tu espíritu continúa inspirando a mucha gente.
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