Caminamos juntos con María
Esta 'es la hora de todos'
"En estas circunstancias en las que tanto necesitamos ir juntos en la misma barca"
Queridos hermanos y hermanas:
Ha llegado la Semana Santa 2021. De manera peculiar ha sido pregonada, ansiada y llorada. Cuánto hemos querido celebrar la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Días de dolor y de gloria. Días de intensa vivencia cristiana que conmueven y pueden ser tiempo de recibir un corazón nuevo. Un corazón compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, tal y como es el del Señor (cf. Sal 103,8).
Aunque nos gustaría que fueran otras las circunstancias y hay mucho sufrimiento acumulado, este año celebramos la Semana Santa en mejores condiciones que la anterior. Aún estamos sumergidos en el dolor y la incertidumbre, pero seguimos caminando, bregando todos en la misma barca, esperando contra toda esperanza (cf. Rom 4,18), sin abandonar la responsabilidad, la prudencia ni las actitudes que defienden la vida humana y su dignidad.
Durante los días santos agitamos los ramos en nuestro interior para aclamar a quien nos trae la libertad y la salvación. Hacemos un alto en el camino para sentarnos con Él a la mesa de la eucaristía y el lavatorio compartiendo el pan y el vino de una vida de servicio. Confraternizamos con un corazón lleno de amor y solidaridad para con los pobres y los que sufren. Recorremos el viacrucis descubriendo arduos caminos que sabemos bien a dónde nos conducen: por la cruz guiadora hacia la vida nueva y eterna. Recordamos que «lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta» (Secuencia de pascua). Con Cristo seguimos nuestra andadura como gentes humildes que confían y buscan la ciudad futura.
En estas circunstancias en las que tanto necesitamos ir juntos en la misma barca, estamos invitados a vivir una Pascua de fraternidad, fruto de la Pascua de Cristo que venció el pecado que separa al hombre de Dios y de sus hermanos. La savia nueva de la Pascua abate los muros y teje una red fraternal, como ocurrió con los primeros cristianos. La Pascua de Cristo es un estallido vital de diálogo y de encuentro, de anuncio y esperanza, de gozo y de futuro.
Vivamos, pues, esta Pascua como discípulos misioneros del Maestro muerto y resucitado; hermanos en Cristo vivo. Que nuestra fraternidad sea auténtica, abierta a cuantos quieran participar de ella y extender así la vida y la salud a todos los rincones, la paz duradera que vence la pobreza y erradica cualquier mal (cf. Papa Francisco, Regina coeli, 2.04.2018).
Vivamos una Pascua de fraternidad que nos ayude a recuperar la pasión compartida por cada hermano y por toda la comunidad, sin descartar a nadie, teniendo caridad entre nosotros y con todos. Caridad que rompe las cadenas que nos aíslan y alejan, tendiendo puentes para construir una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa y hablemos el lenguaje de la compasión, la verdad, la humildad y la dignidad (cf. FT 62).
Vivamos una Pascua de fraternidad sostenidos por la comunidad eclesial, de modo que nos ayudemos a mirar hacia delante, soñando juntos e invitando a todos a soñar como una única humanidad en la que cada ser humano haga propia la fragilidad de los demás.
Vivamos, en fin, una Pascua de fraternidad a imagen de la familia de Nazaret, de los discípulos y de las primeras comunidades cristianas, una Pascua que refleje hoy los gestos eternos de Jesús.
¡Feliz Pascua de fraternidad! Con mi afecto y bendición.
✠ Luis Ángel de las Heras, cmf
Obispo de León
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