A. Segal y S. Lebens (eds.), 'The Philosophy of Worship. Divine and Human Aspects'
Lo divino y lo humano en el culto
'Vivir a corazón abierto. Memorias de un sembrador', de Fray Manuel Uña Fernández
Una gran porción de nuestros lectores fue educada en libros de texto y de recreación antecedidos religiosamente con el aval del “Nihil Obstat y del “Imprimatur” curiales, que espantaban de sus secciones y páginas cualquier recuerdo a favor de los enemigos del alma. De ellos se dogmatizaba que eran tres, con referencias y caracteres mayúsculos al “Mundo, al Demonio y a la Carne”. Por supuesto que en las disciplinas correspondientes a la historia, y más a la de la Iglesia, el cuidado –“certificado”- por su higienización, aseo o limpieza espiritual era -y es- primoroso.
Esta consideración introduce a la reflexión sobre el tema de la pasada fiesta de la Virgen María como “Reina y Patrona de la Hispanidad”, tanto en la versión autonómica de “El Pilar” como en la de “Guadalupe”. El solo y desnudo planteamiento de la idea, asunto o materia, en Religión Digital, suscitó multitud de “comentarios”, la mayoría dignos de reflexión y respeto, y otros -que “de todo hay en la viña del Señor”- abocados de por sí y sin más, al vertedero, por grande y misericordiosa que sea la capacidad de recepción y de tolerancia que defina a sus posibles recipiendarios o destinatarios.
El sentido, el contenido y la misma fórmula canónica de la fiesta religiosa de la “Reina y Patrona de la Hispanidad”, tal y como se nos sigue sirviendo en la actualidad litúrgica, reclama revisión piadosa urgente, sobre todo evangélica. La historia, la teología, la pastoral y buena parte de quienes vivieron y heredaron los efectos y consecuencias de la “conquista, evangelización y, en definitiva, del Descubrimiento por antonomasia, están en desacuerdo con que a la Virgen se le siga adscribiendo advocación tan sagrada y universal.
“En el mayor y más sobrecogedor acontecimiento que vieron los siglos”, referido a la gesta colombina financiada y patrocinada por los Reyes Católicos y llevada a cabo por los españoles, el ardor evangelizador de la fe no fue ni solo ni fundamentalmente la plena justificación de obra de tanta relevancia. El dato de que el papa y sus curiales, obispos, virreyes, “Adelantados”, gobernadores civiles y demás recua humana y divina, habrían de ser y de ejercer de administradores de los bienes del Nuevo Mundo, hasta despojar de todos ellos -y a ellos mismos- a sus legítimos poseedores, haciéndolo además “en el nombre del único y verdadero Dios” que era y sigue siendo el “cristiano”, difícilmente podría ser argumento convincente para propios y extraños, unos y otros dotados de inteligencia.
Y en este apasionante contexto hispanoamericano llegó a mis manos el libro titulado Vivir a corazón abierto -memorias de un sembrador, del que es su autor Fray Manuel Uña Fernández, de la Orden de los Predicadores, que se presenta con estas humildes palabras: “Renacer, reavivar son dos verbos que han estado presentes en mi vida desde mi Tardemézar natal y en los diferentes destinos a los que he sido enviado, como Granada, Almería, Candelaria (Tenerife), Córdoba, Sevilla, La Habana-Cuba…”.
El libro, editado por “Doce Calles”, con sus 182 páginas, y la ayuda y protección de la Diputación Provincial de Zamora, merece ser leído y releído, en función de la necesidad que padece la formación-información religiosa, tanto española como hispanoamericana.
Además de la exposición de su vida en la pluralidad de sus capítulos, las aportaciones históricas y personales resultan ser muy valiosas y estimables. “La Orden de Predicadores y su mirada al Nuevo Mundo” (pp. 143 y ss.) ilustra con puntualidad y acierto acerca de la llegada de un primer grupo de dominicos a América, valiéndose del texto de uno de sus testigos: “en el año de mil y quinientos y diez, por el mes de septiembre trujo la divina providencia la orden de Santo Domingo. El movedor primero y a quien Dios inspiró divinamente la pasada de la orden acá, fue Fray Domingo de Mendoza y para su santo propósito halló a la mano a un religioso llamado el padre fray Pedro de Córdoba”.
Es justo reseñar que, en términos generales, los dominicos que llegaron y actuaron en los tiempos primeros, lo hicieron desvestidos de ornamentos y procedimientos "inquisitoriales”, sino al modo como lo hicieran el padre Antonio Montesinos, increpando a los “conquistadores” con reprensiones severas como la de “¿con qué derecho tratáis así a los indígenas, es que estos no son hombres?”. Fray Bartolomé de las Casas se comportaría de idéntica y condenatoria manera, solo equipados con el Evangelio, y tantas veces en contra de Virreyes y “Adelantados”, al dictado y con la confianza de cánones y leyes aprobadas en las Cortes de Castilla. (Por cierto, ¿para cuando la canonización de estos frailes y de otros no “oficiales”?
Fray Manuel Uña, el autor del libro, en la última página, nos regala, estos versos, con permiso y las bendiciones de Mons. Pedro Casaldáliga: “Es tarde/pero es nuestra hora./Es tarde/pero es todo el tiempo/ que tenemos a mano/ para hacer el futuro./Es tarde/,pero somos nosotros/ esta hora tardía./Es tarde,/ pero es, / si insistimos un poco”/, madrugada”.
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