A. Segal y S. Lebens (eds.), 'The Philosophy of Worship. Divine and Human Aspects'
Lo divino y lo humano en el culto
La escritora y poeta, cantante y activista que nos enseñó que cada agresión es “la caída de nuestro pueblo”
51 años antes del asesinato de George Floyd, Maya Angelou publicó “Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado”, el primer volumen de la serie de autobiografías que hizo mundialmente célebre la vida y obra de una mujer negra nacida en Arkansas en 1928. Escritora y poeta, cantante y activista, Angelou dejó en sus memorias las marcas de la historia (micro)política de los afroamericanos: experiencias de pobreza, violencia y discriminación, pero también superación, amor a la vida y empoderamiento.
Genial en forma y desgarrador en fondo, “Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado” introduce al lector en una realidad opuesta a la de “una de esas niñas blancas que eran el ideal de todo el mundo, el sueño de un mundo como Dios manda”. También en el entorno de su pueblo olvidado, Stamps, donde los barberos negros sentaban a sus clientes a la sombra de los porches y la tienda de la abuela de Maya recibía con empanadas de carne y limonadas a los recolectores de las plantaciones “que habían sobrevivido desde la época de la esclavitud”.
La dimensión social de la autobiografía se vuelve explícita en sus detalles cálidos de la comunidad negra (la dignidad en la pobreza, la grandeza de compartir lo que se tiene en escasez…) y a la vez en los pasajes que muestran una exclusión estructural, enorme hasta el disparate del desconocimiento mutuo: “la segregación en Stamps era tan completa, que la mayoría de los niños negros no tenían la menor idea sobre el aspecto de los blancos”, escribe Angelou. Pero sí que conocían su salvajismo: los blancos eran aquellos que mataban hombres negros y los echaban al estanque.
Ciertas escenas del libro han recobrado actualidad con el surgimiento del 'Black Lives Matter'. Sobre todo las que describen las batidas del Klan (organizadas con la complicidad del shérif de la zona) desde la perspectiva de los negros que corren a esconderse “entre los excrementos de las gallinas” de los corrales con tal de no caer en sus manos criminales.
La dureza de la persecución y la falta de acceso a la salud o cualquier otro servicio público (como el episodio en el que, aun teniendo cómo pagar, no la reciben en un dentista por ser negra) desbordan la infancia que Maya Angelou relata, pero también el amor y la religiosidad que les transmitió, a ella y a su hermano, la abuela que les crió.
Conmueve la manera en que la autora dibuja la personalidad de su abuela, de una fuerza arrolladora y una compasión paradójicamente compaginada con la rectitud. Como cuando se refiere a su hijo, el tío de Maya, que tiene una discapacidad: “La Yaya no se cansaba de contar, sin dar la menor muestra de emoción, que, cuando el tío Willie tenía tres años, una niñera lo había dejado caer al suelo. No parecía sentir rencor hacia la niñera ni su justo dios, que había permitido el accidente”.
Esa abuela enseñó a su nieta a no resignarse ante las dificultades y a encontrar paz en el templo de la Iglesia Bautista. También a ponerse al servicio de su hermano pequeño, entregándole sus cuidados. Como Angelou refleja en las páginas del libro, “mi hermanito negro era mi Reino de Dios en la Tierra”.
Pero no fue sencillo crecer en ese panorama de segregación, miedo a los linchamientos y pobreza. Afectados física y mentalmente (él tartamudeaba y ella sufría pesadillas), Maya y su hermano fueron enviados a la ciudad, a veces con su padre y otras con su madre, perfectos desconocidos que no se habían ocupado de ellos nunca y que entonces les separaban de lo único conocido: el pueblo de su abuela.
En la ciudad, tardaron poco en descubrir que linchar vidas negras era un deporte acostumbrado. Angelou relata las brutales noticias que les llegaban: “Mi raza gimió. Era la caída de nuestro pueblo. Era otro linchamiento, otro negro más colgado de un árbol”. Con tan solo ocho años, el suplicio que se le presentó a Maya no le apretó el cuello, sino que le devastó el cuerpo entero: fue violada. A una edad en la que siquiera pudo comprender lo que pasaba. Deshecha, tras el trance dejó de hablar, y encima el tiempo terminó con la comprensión y paciencia de sus nuevos familiares, que la castigaban porque les ofendía su silencio.
Insoportablemente sola, la niña encontró un refugio en la literatura. “Fue Shakespeare quien dijo: ‘Cuando te ves abandonado de la fortuna y desacreditado ante los hombres’. Esa era una situación con la que me sentía de lo más familiarizada. En cuanto a que fuera blanco, me tranquilizaba diciéndome que, al fin y al cabo, llevaba tanto tiempo muerto que ya no podía importar a nadie”. Descubrió la poesía y las novelas de vaqueros, que le encantaban porque “sus héroes siempre eran buenos, siempre vencían y siempre eran chicos”, es decir, nadie les podría violar.
Descubrió la poesía y las novelas de vaqueros, que le encantaban porque “sus héroes siempre eran buenos, siempre vencían y siempre eran chicos”, es decir, nadie les podría violar
Siguió adelante, y para cuando empezó a trabajar como criada sin nombre en una casa de blancos, ya nada le hacía daño, porque la escritura había emergido como alternativa a la vulnerabilidad. Con esa actitud consiguió una beca para estudiar en una universidad de California, pese a lo imposible de tener pretensiones de futuro siendo negra y, para colmo, mujer. Pero apostó por luchar por sus intereses, y terminó asistiendo a clases de teatro y danza (por primera vez con blancos y negros). Malparada en suburbios donde “la vida tenía poco precio y la muerte era totalmente gratuita”, a los 15 años Angelou ya poseía un físico robusto y una sabiduría que incomodaría a muchos. Y que la llevaría a empeñarse en defender sus derechos hasta el fondo.
Esa fuerza vital le fue recompensando, poco a poco, tanto escollo. En su juventud, para empezar, consiguió un trabajo -pionero entre las mujeres negras- en el tranvía de San Francisco, y siguió demostrando coraje y conquistando espacios en el blues, la literatura y el liderazgo social. Reflexiona en su autobiografía: “Con frecuencia se muestra asombro, desagrado e incluso beligerancia ante el hecho de que la mujer negra americana adulta desarrolle un temperamento fuerte. Raras veces se acepta como el resultado inevitable de la batalla ganada por los supervivientes”.
Mucho después, vendrán las manifestaciones, el Movimiento por los Derechos Civiles, la muerte de Martin Luther King, la descolonización de África
Definida igualmente por esa pasión y resiliencia a prueba de balas, su madurez transcurrirá en los siguientes volúmenes de la serie, puesto que “Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado” acaba cuando Angelou, todavía menor de edad, se queda embarazada del que será su único hijo. Después, mucho después, vendrán las manifestaciones, el Movimiento por los Derechos Civiles, la muerte de Martin Luther King el día del 40 cumpleaños de Angelou, el compromiso reivindicativo por la descolonización de África. Los éxitos artísticos, el diccionario de sinónimos y la Biblia al lado de los que siempre se concentraba a escribir… Y la muerte de Maya, que sería despedida por Oprah Winfrey, Michelle Obama… y todos los que, en el mundo, habían aprendido, al leerla, que las vidas negras importan.
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