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El filósofo y teólogo presenta en el barrio de Gràcia el ensayo sobre la muerte de su hijo, hace poco más de un año
La plaza del Nord, en el barrio de Gràcia de Barcelona, se llena cada tarde de padres que juegan a pelota con sus hijos al salir del Colegio La Salle o de los Lluïsos de Gràcia, espacio donde niños, jóvenes y adultos reciben formación en el ocio y crecen personalmente en distintos ámbitos culturales y deportivos. Sin embargo, este pasado miércoles los pelotazos tenían que procurar no molestar a la larga cola de personas que accedían al segundo de estos centros, donde el filósofo, teólogo y profesor universitario Francesc Torralba (Barcelona, 1967) presentaba, acompañado de la periodista sabadellense Laura Rosel, su 121º ensayo, titulado No hay palabras. Cómo superar la muerte de un hijo (Ara Llibres).
"No se presenta ningún libro infantil", decía una madre a su hijo, que se acercaba a la fila al observar la escena. Pero sí que era, de hecho, una obra vinculada con la infancia y con las otras tres estaciones –juventud, adultez y vejez– del ciclo natural que debería tener, a priori, todo ser humano. “Que el ciclo tenga que completarse no está garantizado en ninguna parte”, decía el pensador catalán en el inicio de un coloquio en torno a cómo asumir la muerte de un hijo o hija.
Desde que empezó a escribir con 21 años (y a publicar con 22), Torralba nunca habría imaginado tener que escribir un libro para relatar detalladamente cómo vivió, siendo el único testigo, la trágica muerte de su hijo Oriol, el verano de 2023, mientras ambos practicaban senderismo. “Tenía que hacerlo porque mis hijas, mi mujer y el resto de familiares y amigos de mi hijo merecían tener, pese hacerlo leyendo, la misma visión de los hechos que tuve yo”, hablaba después.
El filósofo y teólogo explicó que no ha querido convertir el libro en “un vertedero de emociones tóxicas como el odio, el rencor y la ira”, sino en una publicación edificante que sirva, “de rebote”, de ayuda a quien se encuentre en la misma situación que él. “A raíz de la muerte de mi hijo he vivido una transformación integral, física, psíquica y espiritualmente”, reconoció Torralba, que instantes después de la tragedia se repitió internamente, de forma continuada, el padrenuestro. Sin embargo, para el escritor, en situaciones como esta “el chivo expiatorio no puede ser Dios”, a quien podría culparse, fácilmente, de los errores humanos.
De esta manera, con una argumentación que invitaba a saber asumir la muerte de un hijo -"y no la superación", como admitía el ensayista-, el acto concluyó con la música de una de las hijas de Torralba, que prefirió transmitir sus emociones desde las partituras. Al finalizar, una de las primeras mujeres que se acercaban a Francesc Torralba para recibir su aliento y tener una firma, era Lourdes Barba, cuyo hijo murió, hace ocho años, al igual que lo hizo Oriol Torralba. "He recibido un chute de ánimo", manifestaba la lectora al salir del recinto hacia una plaza ya sin padres ni pelotazos.
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