"Ahora, como siempre, el ocultamiento se sobrepone a la vida real. Nadie se ve libre de semejante estupidez. Ni siquiera los grupos religiosos"
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¡Qué mundo hemos fabricado entre todos!
Al contemplar la realidad de cuanto sucede en esta complicada España y, sin embargo, nos deja indiferentes a la inmensa mayoría, recuerdo al médico Stockmann y su juicio respecto de los gobernantes que habían construido el balneario. Decía así: “No he podido soportarlos nunca; he tenido en mi vida bastantes ocasiones de conocer a esta casta; son como cabras a las que se les deja invadir un jardín recién plantado; lo destrozan todo; donde quiera que atisban un hombre libre se cruzan en su camino; y lo mejor sería que pudiésemos exterminarlos como a insectos dañinos” (Henrik Ibsen).
¡Severo juicio, sin duda! Podría suscribirlo –con carácter general- cualquier ciudadano mínimamente comprometido ante el deterioro institucional que soporta (populismos y nacionalismos), ante la creciente situación en la que la verdad pierde cada día más terreno, ante el triunfo de la mentira consciente que nos propone la clase política, ante la indiferencia con que todo pasa ante nuestros ojos con complaciente benevolencia (posverdad), ante el sentimentalismo emocional que se maneja y embota la razón ciudadana.
Ante todos nosotros aparece, en efecto, un mundo en cambio diario, lleno de incertidumbres, en el que la libertad está muy amenazada, entre otras causas por nuestra indiferencia y complicidad, por nuestra ausencia, hecha muchas veces de silencio interesado y cobarde. ¡Somos cómplices! ¿Por qué vivimos –al menos en apariencia- indiferentes ante el dolor y la injustica que nos rodea? ¿Por qué, si somos tan sensibles como decimos, no hacemos algo positivo para modificar la situación de tanto marginado por nuestro egoísmo, por nuestra intolerancia, por nuestro desinterés? ¿Por qué no reaccionamos ante el desbarajuste de quienes nos gobiernan? ¿Por qué, incluso, les aplaudimos?
Personalmente pienso que la crisis actual a la que se enfrenta nuestra sociedad es, ante todo y sobre todo, de índole ética. ¡Ya no nos sorprende la falta de moral con la que se actúa en todos los ámbitos de la vida! Lo vemos todos los días y en cualquier relación ámbito de la realidad a la que dirijamos la mirada. ¡Qué mundo hemos fabricado entre todos! Y, luego, nos extraña y nos quejamos de lo que está pasando. ¡Oh, contradicción andante!
Llevamos mucho tiempo sin profesar –hablo en general- credo alguno ético y sin advertir que eso no se hace impunemente. ¿Qué nos está pasando ahora? Que nos ha llegado el momento de tener que pagar la factura. Estamos –ahora mismo- maniatados, en todos los ámbitos, por los requerimientos ineludibles, que inconscientemente fuimos tejiendo. ¿Por qué nos resistimos tanto a admitir nuestra irresponsable complicidad? ¿Por qué nos creemos ingenuamente las mentiras de tanto político, que nos utiliza para llegar y permanecer en el poder? ¿Por qué damos por buena (y nos la creemos) la visión de tantos medios de comunicación social que siempre habitan por los aledaños del poder? ¿Por qué no somos nosotros mismos, aunque nos equivoquemos?
A pesar de tan tenebroso panorama, lo verdaderamente grave y desilusionante radica, sin embargo, en que no seamos conscientes de que, a pesar de todo, la clave del resurgir sigue radicando en nosotros mismos. Es cuestión de ejercitarse en no aceptar, sin ton ni son, lo que se nos ofrece, y someterlo al dictamen de la razón, y a la voz de la conciencia. ¡Ser nosotros mismos! Es obvio. Incluso, para quienes se dicen cristianos.
Con la que está cayendo, y la que nos espera, con el pensamiento puesto en un futuro mejor, me permito confesar que no me interesa absolutamente nada lo que me digan quienes nos han metido en este lío con la mentira como bandera. Procedan de donde procedan: del campo político, religioso, mediático. Ya he presenciado hasta el hartazgo como los líderes políticos y religiosos siguen casados con la mentira y el engaño. Tampoco me interesa nada la posición blandengue, sin compromiso, ambigua, que busca no molestar y siempre claudica en los principios. ¡Nada de todo ello me interesa!
A decir verdad, solo me guio por hacer realidad en mi vida, en todas sus dimensiones, el proyecto evangélico, tan marginado incluso en la propia Iglesia católica. ¡Difícil empeño! Pero, al menos, es propio y personal.
El estado de cosas que padecemos, me obliga a proclamar una incorrección política y religiosa, que tomo del gran George Steiner. Dice así: “Los hombres son cómplices de cuánto les deja indiferentes”. Esto es, somos cómplices de todo cuanto sucede y se lamenta. Ahora, en las inmediatas elecciones, tenemos la oportunidad de ser nosotros mismos. ¡Medita tu voto! ¡Hazte respetar! ¡No hagas lo de la otra vez! ¡Sé responsable!
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