"Donde no hay caridad hay desesperación. La caridad alimenta la esperanza"
Pero no se preocupan de las desgracias de sus hermanos
"No dejemos que se apague ese espíritu de vida en nosotros "
En este domingo quinto del tiempo ordinario, la centralidad de la Luz nos conduce al espíritu de Dios.
La vida misma de Dios por el espíritu se manifiesta en luz que ilumina y conduce.
Dios Padre, fuente de vida, se nos comunica en su espíritu que sostiene toda existencia temporal y eterna.
Lo temporal que disfrutamos es sostenida desde la bondad y amor de Dios. Todo en él es una gratuidad de amor.
Bien lo dice San Pablo en la carta a los Corintios: “los convencí con el Espíritu y poder de Dios”. No es la sabiduría humana, sino el espíritu de Dios que ilumina la mente para entender en profundidad el misterio de la vida y las palabras propias elocuentes que tocan el corazón de la persona para sentir esa vida auténtica de Dios, que solo se comunica en la naturaleza propia de la vida del espíritu que caracteriza a Dios.
Dios Padre nos da su vida en su espíritu y se hace cercano a nosotros en su naturaleza divina para que su espíritu nos dé vida en el Espíritu Santo que comunica la vida a Jesús en el seno de María su madre, para alimentarnos en plenitud desde la eucaristía que es el cuerpo de Jesús y, que alimenta todo nuestro ser en nuestra realidad humana y bautismal.
Nos sumergimos en Cristo que se encarna para hacernos vivir en su vida divina, llevando a trascedencia nuestra vida humana por su espíritu que mora en nosotros desde el bautismo.
El espíritu todo lo puede y es el que le da sentido, valor, significado a la vida misma que se nos ha comunicado para ser sal de la tierra y luz del mundo.
Hacer el bien a la manera de Jesús, acercándose al desprotegido que sufre injusticia y opresión para revertir la vida en liberación gozosa como siempre lo hace Jesús y canta en este domingo la primera lectura de Isaías.
Revertir desde el bien, que debe ser más fuerte, cualquier injusticia y opresión, para que en esa liberación real ser luz del mundo y sal de la tierra.
Nuestra primer batalla será contra ese egoísmo erosionador que acaba con la vida y la esperanza, sumergiendo en vacío que desespera, porque se ausenta la vida que solo puede comunicar el espíritu de Dios que todo lo sostiene.
El bien vivido desde el amor nos da capacidad de desprendimiento generoso para proceder con sabiduría en nuestro caminar con gestos cercanos de gran caridad dando techo al desprotegido, pan al hambriento y justicia al explotado y oprimido.
No dejemos que se apague ese espíritu de vida en nosotros por un egoísmo que nos puede seducir con avaricia sino que se encienda ese amor de bien que propaga fecundamente una existencia que florece a la manera misma de la vida que vemos en árboles cargados de frutos y semillas que se van propagado para dar vida y sostener la vida misma.
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