"Donde no hay caridad hay desesperación. La caridad alimenta la esperanza"
Pero no se preocupan de las desgracias de sus hermanos
"Nuestra vida, si esta llamada a dar fruto, es porque tiene que donarse y morir a sí mismo"
Al contemplar la creación admiramos la belleza de cada criatura.
La contemplación de la belleza nos traslada a la capacidad que comunica el espíritu en cada viviente.
Al contemplar nos extasiamos profundamente, y vemos la trascendencia de grandeza del ambiente en el que nos encontramos o podemos encontrar.
Pero también vemos con preocupación el deterioro de la belleza de la creación por la falta de cuidado de lo que se nos ha confiado; el dolor vivo de quien sufre y está en circunstancias difíciles de vida.
Nuestra realidad actual nos invita a no dejar de contemplar la vida que nace, el campo que permite brotar tantos y tantos frutos que sostienen nuestra vida diaria; el mar vasto, el cielo profundo que nos eleva; los niños que ríen; los jóvenes que emprenden con ilusión un futuro con esperanza; los ancianos tiernos llenos de sabiduría y de mirada profunda.
También niños que lloran, jóvenes con pérdida de horizontes, ancianos que se consumen en la soledad, guerras que destruyen siempre con el afán de aniquilar, buscando prevalecer sobre el otro.
Ante lo anterior que importante es en este domingo 33 del tiempo ordinario dejarnos tocar por la palabra y sumergirnos en nuestro interior y reconocer cada uno nuestro talento.
Qué mejor que enfocarnos a desarrollar nuestros talentos con toda su posibilidad de comunicarnos, que salga esa grandeza de la que cada uno es portador, sin comparaciones infelices que nos distraen de nuestro enfoque.
Quien da fruto en sus talentos entra en una dinámica mayor de crecer, donde cambia la mirada con horizontes más amplios.
Dar fruto en la multiplicación de los talentos nos permite tener una mejor mirada y emprender un vuelo más alto, porque nuestra capacidad y posibilidad de ver, reconocer y admirar es mayor.
Quien decide quedarse arrinconado sin sacar su talento ni dar fruto se priva de horizonte, de mayor visión y de mayor vuelo.
Esto nos da siempre la posibilidad de renovarnos, de abrirnos a nuevas experiencias, siempre en expectativa y con riesgo, sin tener miedo, porque nos guía el espíritu que a todo le da vida.
Por eso la mujer hacendosa que nos refiere el libro de los proverbios es la que le da vida al hogar con esposo e hijos; es la mujer que siembra y cosecha en abundancia y se deleita en crecer en sabiduría, experiencia y donación.
Nuestra vida, si esta llamada a dar fruto, es porque tiene que donarse y morir a sí mismo.
Promovamos los talentos unos y otros, aprendamos a compartir la felicidad de crecer juntos, superando envidias y egoísmos; evitando quejarnos y hablar mal del otro, orando en un silencio feliz de que siempre hay algo más grande, cuando se da fruto.
Y como las Vírgenes que llevan sus lámparas sin apagarse, porque hay aceite suficiente por tantas obras buenas que a diario podemos hacer, no temamos a las tinieblas que puedan amenazar, porque la luz, cuando está encendida y crece, siempre vence a la tiniebla.
¡Mientras hay luz se vence la tiniebla!
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