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Comentario al evangelio del domingo de Fray Alfredo Quintero
Todo está consumado… Estas serán una de las últimas palabras de Jesús estando en la cruz.
Así este domingo, solemnidad de la Santísima Trinidad, nos invita a caminar en el espíritu de Dios, que es creador y que en su sabiduría va guiando toda la creación hacia la perfección.
Nuestro camino de perfección lo encontramos en Cristo, quien, abierto plenamente a la voluntad del Padre, busca en todo complacerlo; como ya en el mismo bautismo se oirá del Padre aquellas hermosas palabras: Este es mi hijo amado en quien tengo todas mis complacencias.
Es una plenitud de amor en la comunión del Padre y Jesús. Él no dejará de repetir que todo lo que es del Padre es de Él también y, que el Espíritu Santo participa en esta comunión haciendo presente en su comunicación todo lo que quiere el Hijo, que no es otra cosa que el querer del mismo Padre: Él no hará nada por su cuenta, sino que hará todo lo que oiga de mí.
Que importante es entender esta comunión trinitaria desde una voluntad divina que se asume en escucha atenta para llevar a cabo todo lo que se nos pide. Este imperativo de escucha que se manifiesta en la misma relación de comunión de la Santísima Trinidad, también se exigirá esta escucha en los bautizados. No hay obediencia sin escucha. No hay comunión de las partes sin escucha y obediencia. Hay mucho que trabajar en la iglesia de los bautizados.
Así la primera lectura de esta solemnidad del libro de los Proverbios, nos recuerda que la sabiduría misma reside en Dios, está en él y se manifiesta en sus expresiones creadoras y en la comunicación misma de Dios.
Conducirnos en la voluntad de Dios significa caminar en su espíritu de sabiduría, como ya lo refiere también el evangelio de Juan: tengo muchas cosas que decirles para no están ahora en condiciones de comprender.
Caminar en la santísima trinidad es caminar en la madurez de su espíritu, que nos va transformando, como ya en la segunda lectura de la carta a los romanos nos recuerda; que hemos sido introducidos en la fe en Jesucristo y en él recibimos la vida de la gracia.
Esta vida de la gracia que no deja de mirar en esperanza de glorificar a Dios, haciendo todo cuanto Él nos pide, buscando esa perfección y plenitud, hasta que nuestro corazón y nuestro ser sean todo de Él.
El sufrimiento se asume con esa paciencia que engendra virtud sólida, que nos va moldeando en perfección. Ciertamente con el dolor de la misma transformación, donde vamos aprendiendo a dejarnos moldear para embellecernos, con dolor para quitar aquello que nos cuesta extirpar porque no está en sintonía con el espíritu de Dios y, por lo tanto, no genera comunión plena. Poco a poco se va transformando y madurando en conducción de la sabiduría para llegar a ser el hombre perfecto, que pueda decir en Jesús he cumplido todo lo que la voluntad divina me ha pedido.
Ese es nuestro gozo, hacia allá caminamos por encima de vanidades, en la alegría plena que da el espíritu de Dios con su paz.
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