"Donde no hay caridad hay desesperación. La caridad alimenta la esperanza"
Pero no se preocupan de las desgracias de sus hermanos
“No obren por rivalidad ni ostentación, buscando el propio interés”
En este domingo 26 del tiempo ordinario, el apóstol San Pablo en su carta a los filipenses nos hace una invitación clara a buscar la unidad y la concordia.
Cuantas veces por la ostentación de nuestros intereses egoístas nos conducimos en una rivalidad destructora del otro y no de integración, de participación , de enriquecernos uniéndonos y, no empobreciéndonos cuando queremos descalificar al otro, porque nuestro egoísmo nos lleva muchas veces a querer ser nosotros los que debemos imperar, en todo sentido, y no damos espacio a enriquecernos humana y cristianamente integrando al otro.
Todo en la creación se mueve en una armonía de participación, cada uno ocupando el lugar que le corresponde. Le debemos dar a cada persona su valoración y su lugar , lo que puede y lo que no puede. Y cada uno debe ser consciente del rol y lugar que le toca en la vida sin pretender más de lo que nos corresponde, sino saber movernos en integración de unos y otros, aún cuando libremente difiramos, pero no perder de vista la integración.
Estamos llamados a tener Consciencia de responsabilidad, que conduzca nuestra libertad para hacer el bien y evitar el mal, sin lamentarnos en caso de haber actuado mal, ni tampoco echando la culpa a otros cuando la responsabilidad es de uno, sino asumir nuestra responsabilidad. Si estamos a tiempo de corregir, corrijamos !
Venzamos nuestra soberbia con la humildad. Llegarán los tiempos de Dios, y nuestra verdad quedará a la luz; ante esa realidad, es mejor avanzar en la humildad que nos sincera.
San Pablo nos invita a mirar a Jesucristo que se presentó entre nosotros humilde y sencillo, y sus más grandes colaboradores para transmitir su evangelio en fidelidad, destrancan por la sencillez y la humildad.
Así la santidad de los seguidores de Jesús se revela en aquello mismo que el Maestro les pide aprender de él: aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón.
Por eso, para nosotros la palabra de Dios es una palabra que se cumple y, al cumplirse, podemos confiar plenamente en ella.
La voluntad de Dios se manifiesta en la palabra pronunciada. Por eso podemos afirmar: Jesucristo es la palabra que manifiesta toda la voluntad del Padre; de ahí entendemos las palabras del Padre en el monte de la transfiguración: este es mi hijo, escúchenlo.
La palabra tiene esa fuerza reveladora de la voluntad cuando se cumple. Cuando la palabra no se cumple de parte de los hombres, nos revela lo más profundo, que simplemente no había voluntad y no se quería.
Así en este domingo 26 del tiempo ordinario, el ejemplo puesto por Jesús y narrado por el Evangelista Mateo, nos lleva a un punto fundamental: Dios va más allá en la palabra de los hombres, va a la concreción de la voluntad de los hombres.
Por eso la conversión que nos refiere tanto el profeta Ezequiel como el Evangelista Mateo es algo categórico para nuestra salvación.
No podemos salvarnos si no damos muestras de una voluntad sincera ante Dios. Y así como a Dios no lo podemos engañar, el signo de que Dios reconoce nuestra sincera Disposición de voluntad y compromiso , es la gracia que él derrama en nosotros.
Apresuremos a cambiar, a convertirnos para que brote en nosotros esa alegría verdadera de tener un corazón libre, en esa libertad que nos comunica Jesucristo en su amor que nos hace personas nuevas, llenas de esperanza.
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