"Donde no hay caridad hay desesperación. La caridad alimenta la esperanza"
Pero no se preocupan de las desgracias de sus hermanos
"Un corazón que no está limpio pierde capacidad de amar"
Una ocasión propicia para hacer una aclaración de parte de Jesús ante Escribas y Fariseos, quienes no entienden la importancia, el valor y sentido de lo que Dios quiere.
Como nos recuerda una de las bienaventuranzas: dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.
A Dios lo que le importa es nuestro corazón; que este esté limpio para que seas capaz de amar.
Un corazón que no está limpio pierde capacidad de amar.
Limpiar nuestro corazón significa sumergirnos en nuestros pensamientos, emociones, intenciones, sinceridad, porque nuestra conducta es reflejo de lo que hay en nuestro corazón con todos los elementos mencionados de realidad para ser imagen compasiva de Dios.
Agradar a Dios significa hacer un camino de vida desde el corazón. El Espíritu de Dios se nos comunica desde la realidad de nuestros corazones. La medida de nuestra conversión es en tener un corazón limpio que sepa amar y ser bueno.
En el evangelio de Marcos de este domingo 22 del tiempo ordinario, los discípulos son criticados porque aparentemente no se purifican al comer y esto hace una ocasión propicia para que Jesús diga: de qué sirve guardar todas las formas exteriores cuando desde el corazón del hombre siguen saliendo: adulterios, mentiras, murmuraciones, ira, codicia, envidia, robo, desenfrenos, injusticias, fraudes, traiciones, infidelidades, etc.
A Dios nunca lo engañamos ninguno de nosotros. Nuestro encuentro con Dios día a día nos debe llevar a trabajar en nuestro corazón para que la prontitud del Espíritu se derrame como rocío, en abundancia, sobre nosotros con cada uno de sus dones, como nos recuerda en este domingo la carta de Santiago: todo don perfecto viene de lo alto, del creador de la luz.
Un corazón bueno y compasivo, que transita en conversión, transformándose día a día para que sea capaz de acercarse al que sufre con gestos compasivos hacia el huérfano y a la viuda; para ser así esa verdadera luz en Cristo, de quien decimos cada uno de nosotros ser portadores. Esa es la luz que el mundo necesita que irradiemos desde un cambio de nuestro corazones.
Tomar posesión de la tierra prometida le significa al pueblo prepararse en la vida de los mandamientos, que lo conducirán en sabiduría y prudencia.
Distinguirse en esta sabiduría y prudencia es ser luz para un mundo que no sabe cómo conducirse y cómo vivir.
No se trata de escuchar sólo sino de poner en práctica, ahí está la sabiduría y prudencia.
Los mandamientos tienen una razón profunda que mira a transformar nuestros corazones en una conciencia pura que nos permita ser esa luz, viviendo nuestra religión-fe de forma que sea más limpia para que dé más luz.
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