"Donde no hay caridad hay desesperación. La caridad alimenta la esperanza"
Pero no se preocupan de las desgracias de sus hermanos
"Nuestra mayor alegría debe ser servir, dando con generosidad"
En este quinto domingo del tiempo ordinario la liturgia de la palabra nos invita a meditar en tres momentos muy importantes para que podamos comunicar la belleza de Dios que nos redime para ser colaboradores en su obra de redención y liberación.
Tanto el profeta Isaías, como Pablo en su carta a los Corintios y el evangelio de Lucas nos permiten ver como al contemplar y palpar a Dios en nuestra vida ordinaria, nos descubrimos en su gran amor, como pecadores que recibimos misericordia, para hacernos al mismo tiempo testigos de su amor a nuestros hermanos, que son también pecadores como nosotros.
Por eso somos llamados a vivir en un amor que nos está purificando en todo momento, para hacernos crecer, a cada uno, en la medida en que dejamos actuar ese amor, que nos es otra cosa que presencia viva de Dios que nos une íntimamente en un espíritu que nos da vida a todos.
El espíritu de Dios, que es amor y vida, nos da vida a cada uno de nosotros, de tal manera que el pecado y la muerte no es lo último.
Lo definitivo es el amor que da vida, que sana, perdona y resucita. Por eso el amor es lo que ilumina nuestra esperanza. Porque el amor nos descubre que somos pecadores, para tomar conciencia de ello, pero saber también que, con voluntad, podemos crecer en superar ese mal que oscurece nuestra existencia, para que haciendo el mayor bien que nos es posible, podamos ir teniendo vida en Dios que es el bien y, con quien entramos en una comunión de hijos, que venimos de él y vamos hacia él.
El profeta Isaías en la visión que recibe, uno de los Serafines le toca los labios con una brasa tomada del altar de Dios para purificarlo de sus labios impuros, saliendo de un pueblo de labios impuros para pertenecerle, de ahora en adelante, a Dios y poderlo servir.
San Pablo dice: finalmente se me apareció a mí, que soy como un aborto. Porque yo perseguí a la Iglesia de Dios… sin embargo, por la gracia de Dios soy lo que soy. San Pablo es consciente de la obra de Dios en él por pura bondad divina; de tal manera que nunca pretendamos presumir sino agradecer, con profunda humildad, la misericordia que Dios tiene con cada uno de nosotros.
San Pedro experimenta la dicha de que Jesús se sube a su barca, desde ahí predica a la multitud, luego pide llevar la barca mar adentro y echar las redes, al hacerlo así, logran una gran pesca que casi se rompen las redes y, antes majestuosidad revelada en Jesús, Pedro exclama: ¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!
Tenemos que ser conscientes de la HUMILDAD, que siempre nos debe acompañar como conciencia de quienes somos, de donde hemos sido tomados y hacia donde somos llevados. En esa humildad sabernos siempre con una gran esperanza en el amor que redime y libera, para predicar esa misma misericordia a nuestros hermanos.
Sabiendo que nuestros labios deben estar purificados para predicar a Dios, que nuestras manos deben estar dispuestas a la acción del Espíritu Santo para comunicar a Dios y, nuestro corazón totalmente lleno de los sentimientos de Dios; que dejemos de perseguir a los demás para privarlos de libertad y dignidad por creernos nosotros los únicos poseedores de la verdad.
La grandeza sólo es de Dios y, nosotros sólo participamos del gran privilegio de servir en el amor y hacer el bien mayor posible.
Nuestra mayor alegría debe ser servir, dando con generosidad y reconociendo siempre, agradecidos, el inmenso bien del que somos participes y podemos compartir a los demás.
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