"Donde no hay caridad hay desesperación. La caridad alimenta la esperanza"
Pero no se preocupan de las desgracias de sus hermanos
"Es alegría y júbilo de un corazón que siente el alborozo"
Qué mejor escenario que la Epifanía del Señor, que se nos manifiesta en su gloria, cercano, para poder corresponder con la variedad de la riqueza de nuestros dones, para ir como comunidad y de forma personal para adorarlo y ofrendarle lo mejor de nosotros.
Cada uno en comunidad ofrece lo mejor de sí; en la comunión que se hace posible en un Dios que nos une al adorarlo.
¡Una belleza de imagen, la Epifanía del Señor!, que nos enruta en un mismo camino, guiados por su luz, confesando nuestra fe en el mismo Dios encarnado, hecho hombre como tú y como yo, con el don de su divinidad que nos comunica en su espíritu que da vida, y recibido en el bautismo, en fortalecimiento y madurez en los sacramentos.
Es el Señor a quien adoran los magos de oriente y a quien nosotros adoramos también; cercano en nuestra humanidad, que nos habla en nuestro lenguaje para que nuestro entendimiento de fe sea más claro y más vivo.
El amor pone su mirada entre nosotros, y la mejor forma de honrarlo y glorificarlo es a través de los dones que somos capaces de ofrecerle, porque es el amor. Es alegría y júbilo de un corazón que siente el alborozo.
El es el amigo, con quien se abren los cielos, que el pecado de Adán y Eva habían cerrado. Los cielos se vuelven a abrir con la presencia del Hijo de Dios hecho hombre, y nunca, nadie más podrá cerrar lo que el hijo de Dios ha abierto, de ahí la trascendencia de la responsabilidad confiada a Pedro: te serán dadas las llaves del reino, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.
El es la puerta de este cielo abierto, es el camino para entrar al cielo, vayamos detrás de él con Alegría confiada, sin miedo ni temor porque es la palabra del Padre, a quien el Padre todo le concede.
Bien lo dice Isaías en la primera lectura, vienen los pueblos a manifestarse con sus riquezas y traen lo mejor de sí.
Esta palabra encarnada y manifestada siempre tiene algo nuevo que decirnos, por eso la importancia de tener los oídos atentos a la escucha de lo que quiere decirnos.
Esa palabra está ahí, donde esa luz de la estrella se detiene, después de pasar por la consulta en Jerusalén, con un Herodes mal Intencionado, esa luz va delante dejando atrás las sombras y las malas intenciones de los corazones que quieren eliminarla, para ver la grandeza en la pequeñez del Niño, en Belén y no en Jerusalén.
La casa del pan es Belén, este Niño nos alimentará con su vida y su espíritu, haciéndonos hijos de Dios, para siempre ver más allá y no dejar de vestirnos en sencillez y amor, para disfrutar, agradecidos, el don de los dones.
Todos estamos invitados a la adoración del Señor, representados en las personas de los magos de oriente, como hoy nos recuerda el Evangelista Mateo.
En él no hay fronteras que dividan y distancien, en él hay acercamiento y fraternidad porque la vida, el don y el espíritu vienen de él, siendo la vida a la que siempre hay que estar unidos, sin perder cada uno la riqueza de su don en la misma vid, en la cual nos nutrimos y alimentamos para recibir y dar vida.
Adorémoslo con lo mejor de nosotros para sentir la más bello: la plenitud de una felicidad, donde no nos sentimos distraídos por la vanidad, ni la envidia, ni la competencia de rivalidad , sino donde cada uno es sí mismo , con felicidad plena !
Como hoy también San Pablo recuerda en la carta a los Efesios: la distribución de la gracia que se derrama en favor todos los hombres, y donde los alejados, paganos en este caso, también son llamados como coherederos de la misma herencia.
De ahí la importancia de ir como mensajeros a donde esa luz quiere iluminar y esa vida, con su gracia, se quiere derramar, basta abrirse con fe al amor que está pronto a manifestarse.
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