"Donde no hay caridad hay desesperación. La caridad alimenta la esperanza"
Pero no se preocupan de las desgracias de sus hermanos
"La Ascensión nos revela que las puertas del paraíso han quedado abiertas. Y la puerta es Cristo y sólo se entra por Él"
Jesús con su resurrección proclama que le ha sido dado todo poder en el cielo como en la tierra.
Por lo tanto, en nuestra confesión de Cristo, en nuestra vida, se hace posible el reinado de Dios en la tierra como en el cielo, como lo oramos en la oración del Padre nuestro.
En Cristo somos llamados a hacer el camino de la Voluntad del Padre, el cual nos lleva a vivir que Dios sea todo en todos para que Él se manifieste con toda su riqueza, belleza y sabiduría en cada uno de nosotros y seamos esa luz que resplandece como las estrellas del cielo, como ya se le decía a Abraham en la promesa: así de numerosa será tu descendencia, como las estrellas del cielo.
Jesús mismo lo dirá a sus discípulos: ustedes son la luz del mundo y la sal de la tierra.
Nuestra confesión de amor en Cristo vivida aquí en nuestra realidad terrenal es la que hace posible ser esa luz y esa sal entre los hombres, al estilo como lo hace Jesús.
Cristo una vez que asciende a los cielos ha vencido la muerte, el pecado, la mentira, el odio, la venganza, ha resucitado a los muertos, curado a los ciegos, leprosos, liberado a los endemoniados, perdonado a los pecadores; como lo dirá el mismo Pablo: yo soy indigno de llamarme apóstol porque he perseguido a la iglesia de Cristo.
Todo mal y todo aquello que corrompe lo ha vencido Cristo. Por eso sube a los cielos con el Padre llevando a todos los rescatados que han puesto su fe y confianza en Él, haciéndolos partícipes del paraíso celestial como le dice al buen ladrón: hoy estarás conmigo en el paraíso.
Para el buen ladrón que dejaba su cuerpo en la crucifixión, su alma experimentó, desde las palabras de Jesús, la dicha de contemplar y participar en el paraíso celestial, como ya lo contemplaron Esteban en su martirio, como lo confirma Pablo al ser elevado al tercer cielo, como lo proclaman los pastores ante el anuncio de los ángeles que les ha nacido en belén el Mesías, como recibe María al Ángel Gabriel en su casa de Nazareth.
El cielo y la tierra se llenan de gloria en Jesucristo. La Ascensión nos revela que las puertas del paraíso han quedado abiertas. Y la puerta es Cristo y sólo se entra por Él.
A nosotros nos queda hacer el camino de vida en Jesús, iluminados y conducidos por su verdad que nos lleva a ir venciendo el pecado, los demonios, el mal, la mentira, el juicio y la murmuración hacia los demás; invitados a vivir el amor de unos a otros como Jesús nos enseña y pide, y como primer requisito perdonando hasta 70 veces 7, porque sin perdón no se revela la misericordia de Dios que es definitiva para nuestra salvación.
Solo el perdón es el camino de la reconciliación que permite hacer nuevas todas las cosas en el amor. Solo el perdón permite que el amor se pueda manifestar como luz clara y resplandeciente donde el Espíritu Santo nos colma de la vida verdadera y divina que ya se ha iniciado en nosotros por el bautismo.
Hay mucho que vencer en Cristo en este mundo en el que caminamos cada uno de nosotros. Solo basta mirar nuestras vidas y cuando nos queda por superar faltas a la fraternidad, faltas a la solidaridad, faltas a la compasión, faltas a la sensibilidad del dolor de los otros. Faltas por nuestros diferentes tipos de abusos a las personas, por nuestras faltas de un verdadero amor que sepa respetar al otro en toda su integral dignidad.
Cuantos maltratos en palabras y expresiones de gestos hacia los demás que aún no hemos superado y se nos ha olvidado aquellas palabras y gestos de Jesús: aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón.
Nuestra tarea es transformarnos en Cristo en aquello que en Él es posible transformar, como transformó la vida de María Magdalena y de tantos pecadores para hacer así posible la transformación del mundo a través de la transformación de cada persona, siendo esta transformación un camino de conversión.
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