"Donde no hay caridad hay desesperación. La caridad alimenta la esperanza"
Pero no se preocupan de las desgracias de sus hermanos
"El adviento nos invita a salir de lo que es efímero, banal, de lo que no hemos hecho con recta intención"
Dios siempre cumple sus promesas, por eso debemos esperar con absoluta confianza, que se aproxima la promesa en el tiempo de Dios, Alfa y Omega.
La fe es caminar en esa línea del Alfa y Omega, en la promesa que llegara de parte de Dios, donde la confianza y preparación son definitivas.
Recorremos este camino de fe en el adviento, tomando conciencia de que estamos llamados a movernos en Aquel que es principio y fin, por lo que debemos estar en paz, si caminamos en Él.
Caminar en Él, en su amor que nos transfigura en justicia para agradar a Dios, conservándonos irreprochables, asemejándonos a Cristo que ha nacido de la descendencia de David.
Somos, por lo tanto, participes de la realeza de Cristo, que viene de la descendencia de David al nacer entre nosotros y que nos participa de la realeza de Dios como el Unigénito del Padre.
Una realeza de Cristo humana y divina, cuya sangre bebemos en un mismo cáliz que nos purifica de nuestros pecados y nos salva.
Por eso la mejor manera de vivir en esa dignidad de la realeza de Cristo es caminar en santidad, siendo irreprochables, resplandecientes en Él, que al purificarnos nos vuelve al camino en las mejores condiciones, para conducirnos detrás de Él en la promesa que se aproxima siempre, de su manifestación definitiva: ¡Ven Señor Jesús!
Las lecturas de este primer domingo de adviento, tanto del profeta Jeremías como de la carta a los Tesalonicenses y el evangelio de Lucas, nos invitan a ver el origen de la realeza de Cristo, de la cual participamos, y que, asemejándonos a Él, busquemos, desde el amor, agradar a Dios en santidad y justicia, siendo irreprochables.
De ahí que el adviento deba ser una alegre espera de una renovación que nos haga sacar lo mejor de nosotros, como quien se prepara siempre para la fiesta del mejor banquete, mostrando lo mejor de nosotros, con vestido de fiesta.
Por eso debemos limpiarnos de lo que nos ha ensuciado, a nadie le gusta ir a un banquete de fiesta sucio sino resplandeciente, con lo mejor de sí.
En Cristo nos prepararnos a su encuentro definitivo.
¿Cómo hemos asumido las enseñanzas de Jesús para que podamos ser reconocidos por él, por nuestra semejanza con su palabra y mandamientos que nos ha dejado para hacerlos vida?
Nuestra mejor manera de prepararnos a recibir la promesa de aquel que viene entre las nubes para llevarnos con él a las moradas que Él ya nos ha preparado, es asemejarnos a él de una forma que no haya duda de que somos de Cristo.
En nuestra naturaleza de fe, estamos en camino hacia la promesa, por eso se hace necesario purificarnos en un amor que nos haga posible asemejarnos a Cristo, agradando así al Padre, de la misma forma que Jesucristo ha agradado al Padre y nos ha mostrado el rostro del Padre en Él: quien me ve a mi ve al Padre, dice Jesús.
Asemejarnos a Jesucristo en santidad, ejerciendo el derecho y la justicia para que todos tengan la certeza de una paz y seguridad sin límites. Relacionándonos con los demás de una forma imparcial, sin dolo ni tomando ventajas en el trato con los hermanos, sino siempre en justicia, a la manera de Cristo. En Él todos tenemos cabida, pobres y ricos, siempre pecadores unos y otros, todos necesitados la gracia de Cristo, para que reine Él en nuestras vidas.
En esta búsqueda de asemejarnos a Cristo, debemos, por lo tanto, ser irreprochables, venciendo toda tentación de vicios, de embriaguez, libertinaje y preocupaciones de lo que es efímero y banal.
El adviento nos invita a salir de lo que es efímero, banal, de lo que no hemos hecho con recta intención. ¿Cuántas cosas hacemos con falta de recta intención, alejándonos de Cristo y del verdadero amor a los hermanos, tomando dominio de nosotros el mal?
Esta es la purificación que el tiempo de adviento nos invita a hacer a cada uno de nosotros, a tener una conciencia limpia, por la recta intención que la precede, para acercarnos a vivir el mayor bien en el amor.
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