La primera obra del Espíritu es santificar a la Iglesia. La Iglesia, formada por personas pecadoras, pero muy amadas por Dios, necesita ser purificada constantemente por el Espíritu, que perdona los pecados.
La Ascensión no es el final de la historia de Jesús de Nazaret, sino el punto de partida de la misión de la Iglesia. La Ascensión no es tampoco la ausencia de Jesús. Es su nuevo modo de presencia.
La figura del padre terrestre no es adecuada para entender la paternidad divina. El Padre celestial es instancia crítica de todas las paternidades (y de paso de todas las maternidades) humanas.
La muerte ha dejado de ser muro, para convertirse en puente por donde se entra en la vida eterna, acompañados por el que murió por nosotros y resucitó para nuestra salvación.
Es posible decir que Jesús es Señor, pero no confesar que Jesús es Señor. Decir es fácil, es pronunciar una palabra. Confesar es algo más serio: es jugarse la vida por lo confesado, es poner la vida en lo que se dice.
¿Cómo se explica, pregunta San Juan Crisóstomo, que aquellos que, mientras Cristo vivía, sucumbieron al ataque de los judíos, después, una vez muerto y sepultado, se enfrentaron contra el mundo entero, si no es por el hecho de su resurrección?
El relato de la pasión, que se lee en la liturgia del viernes santo, tiene una escena en la que queda claro que Jesús entrega su vida para que vivan sus amigos y, lo más sorprendente, para que vivan sus enemigos.
Jesús nos deja en herencia dos realidades inseparables. Una es la eucaristía. La otra, el signo del lavatorio de los pies, donde queda muy claro que el verdadero poder es el poder del amor.
El sufrimiento de Cristo tiene repercusiones en la carne humana del creyente. Pues el cristiano debe conformarse con la muerte de Cristo. Y siempre falta algo en nuestra carne para que se realice esta conformidad perfecta con Jesús
El acontecimiento de la Anunciación tiene tal importancia que la Iglesia invita a los creyentes a recordarlo cada día en lo que se conoce como rezo del “ángelus".
La vida espiritual de José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Este camino nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles.
Lo propio del cristiano no es el pecado. Lo propio del cristiano es la vida, la capacidad de transfigurar todas las situaciones de muerte en situaciones de vida. ¿De qué manera? Transmitiendo amor.
El tiempo es lo más precioso que tenemos. Según se dice, vale más que el oro. Ofrecer a alguien parte de tu tiempo es ofrecerle lo mejor que posees. Le ofreces algo irrecuperable, que no vuelve más, le ofreces parte de tu vida.
En este mundo la gratuidad no es muy valorada. Lo que importa son los negocios, las ganancias. Precisamente porque el mundo no valora la gratuidad, no comprende el perdón.
La paciencia no es resignación ni una actitud pasiva. Es una actitud muy activa, un modo de luchar por la vida. Por eso se dice que “el que resiste, gana”. Paciencia es ser fuerte, mantenerse firme, hacer algo con tesón a pesar de las contrariedades.
Visto en perspectiva teologal, es verdad que la paciencia todo lo alcanza. Fuera de esta perspectiva, la paciencia es un actitud que no está muy de moda.
El ser humano es capaz de lo peor y de lo mejor. Ni lo uno ni lo otro ha perdido un ápice de actualidad. Esta paradoja de un ser capaz de lo mejor y de lo peor es el precio que hay que pagar por la inteligencia de los que no somos dioses.
Los magos iban bien orientados, pero también estaban algo despistados. Iban bien orientados por una estrella que les conducía a un niño al que querían adorar. La causa del despiste fue haber pensado la realeza del niño en términos mundanos.