El Papa está pidiendo una tregua con motivo de los Juegos Olímpicos. Bueno sería que la hubiera, aunque vistas las cosas evangélicamente la tregua sería un bien menor, pues el ideal es el cese total de las hostilidades, el fin de las guerras.
Añorar el pasado que uno no ha vivido y que sólo existe en su imaginación es una constante tentación. Hay grupos y personas que no han conocido la situación anterior al Concilio Vaticano II y que, sin embargo, la idealizan con el evidente objetivo de criticar el presente eclesial.
No estaría mal que el gran tema de las reuniones, capítulos o asambleas eclesiales, no fueran asuntos organizativos o la redacción de documentos que pocos leen, sino la gran cuestión de si nos amamos.
La gracia en este mundo se vive con una cierta imperfección. Por eso la santidad es imperfecta en este mundo, pues se vive en las condiciones limitadas de este mundo. Solo alcanza su perfección en la escatología, en la gloria celeste.
¿Qué es el hombre, este ser capaz de pensamiento reflejo, de libertad, de autonomía, este ser capaz de componer música, de interrogarse sobre los problemas metafísicos, de amar la belleza por sí misma?
Los frutos del sacramento dependen de las disposiciones del que lo recibe. Pero estas disposiciones pueden ser obstaculizadas, purificadas o estimuladas según las actitudes del que administra el sacramento. De ahí la responsabilidad de los presbíteros y responsables de las comunidades cristianas.
La parroquia no es el párroco. Y la parroquia tampoco es del párroco. La parroquia es de “todos, todos, todos”, como diría el Papa Francisco. Y si es de todos, todos son responsables, todos están llamados a cuidarla y a participar.
El libro de Isaías anuncia que el Señor hará derivar hacia Jerusalén, como un río, la paz. En estos momentos parece que ocurre todo lo contrario. Más que la paz, lo que ocurre en Jerusalén es una inundación, un torrente de guerra. ¿Acaso la profecía miente?
No es posible reconocer a Cristo presente en su cuerpo eucarístico si no se le reconoce presente en su cuerpo eclesial, siendo los pobres la expresión privilegiada de esta presencia en el cuerpo eclesial.
En Isabel se encuentran unidas y conciliadas la esterilidad y la maternidad; y en María, la virginidad y la maternidad. Donde el humano piensa que no hay ninguna posibilidad de vida, Dios saca vida de los lugares, personas y momentos más inesperados.
Muchas de nuestras verdades se descalifican de entrada por la manera como las ofrecemos, por ejemplo, en un tono amenazante o con palabras alejadas de la experiencia de nuestros oyentes.
El Espíritu nunca anula la personalidad, sino que la potencia. Dios nunca actúa sin nosotros. Por eso el Espíritu nos guía hacia la verdad a través de nuestro esfuerzo y de nuestro pensamiento.
Los legistas entienden que es bueno lo que la ley manda y malo lo que la ley prohíbe, mientras que Jesús indica que es bueno lo que favorece al ser humano y malo lo que lo destruye.
Importa notar las dimensiones antropológicas de la fe, porque en algunos ambientes se tiende a considerar la fe como signo de inmadurez, como una ilusión alienante, irracional, infantil y anticientífica.
Cuando lo que importa es “quién lo dice” y no “lo que dice”, la verdad queda desvinculada del bien y de la realidad, y pasa a depender del deseo del dictador de turno.
Hay que dejar de creer a base de signos para creer incondicionalmente. La resurrección no se prueba, se cree. Lo interesante es que Tomás termina por creer en la divinidad del resucitado sin necesidad de ver ni tocar.