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No es fácil celebrar la Navidad, el nacimiento del Niño Dios, cuando nos encontramos con el genocidio de miles de niños en la Franja de Gaza por un Herodes moderno, cruel e insensible. Ellos bien podrían ser los parientes del niño-Dios. Y sin embargo, no podemos dejar de cultivar una discreta alegría en Navidad por el mensaje tan humano y consolador que ella nos comunica.
Quien vio esto más y mejor que cualquier predicador o teólogo fue el poeta portugués Fernando Pessoa, con un contenido enternecedor. Escribió estos versos que nos llegan a lo profundo del alma:
Él es el Niño Eterno, el Dios que faltaba.
Es tan humano que es natural,
Es el Divino que sonríe y juega.
Por eso sé con toda seguridad
Que él es el Niño Jesús verdadero.
Un niño tan humano que es divino.
Nos llevamos tan bien el uno con el otro
En compañía de todo
Que nunca pensamos el uno en el otro.
Pero vivimos los dos juntos
Con un acuerdo íntimo
Como la mano derecha y la izquierda.
Cuando me muera, Niño mío,
Déjame ser el niño, el más pequeño.
Tómame en tus brazos
Y llévame a tu casa.
Desnuda mi ser cansado y humano
Y acuéstame en tu cama.
Cuéntame historias si me despierto,
Para que me vuelva a dormir.
Y dame tus sueños para que juegue
Hasta que nazca un día
Que tú sabes cuál es.
Ese Niño eterno no vino para divinizar al ser humano sino para humanizar a Dios, a quien nadie ha visto jamás, como atestiguan todas las Escrituras. Pero en la realidad de este niño que llora y ríe, que moja los pañales y busca hambriento el pecho materno, Dios se nos mostró a sí mismo. No como un anciano con barba y rostro serio, como quien escruta todo en nuestras vidas para juzgarnos. La Navidad nos asegura: Dios es niño. ¡Qué alegría saber que seremos juzgados y acogidos por un niño! Él no quiere juzgar a nadie. Solo quiere ser amado y acogido.
Del pesebre viene una voz que nos susurra:
¡Oh criatura humana, no tengas miedo de Dios! ¿No ves que su madre envolvió su frágil cuerpecito? Un niño no amenaza a nadie. No condena a nadie. Más que ayudar, necesita que lo ayuden y lo carguen en brazos.
El pesebre con el niño Jesús titiritando de frío nos trae una lección que casi siempre olvidamos: los más pobres fueron los escogidos para ser los primeros en acoger a Dios cuando quiso entrar en nuestro mundo. Fueron los pastores, en la época despreciados y considerados pobres. Los pobres tienen un privilegio: Jesús quiso ser uno de ellos. Esto da a los pobres una dignidad única.
Por eso, Jesús dirá más tarde: “lo que hiciste o dejaste de hacer a estos hermanos míos más pequeños, los hambrientos, los sedientos, los presos y los desnudos, a mí me lo hiciste o dejaste de hacer”. No hay mayor ofensa que despreciar a un pobre, no ver sus ojos suplicantes de hambre y más de ternura, y de dignidad. Recordemos: en el momento supremo de la historia, ellos van a juzgarnos y a decidir nuestro destino.
Por lo tanto, que en esta Navidad estén presentes ellos en nuestra mente, los de la Franja de Gaza, hambrientos y sedientos, que no saben cómo esconderse de las bombas que lo destruyen todo, y los amenazados por sicarios a sueldo en la recién conquistada Siria.
El día de Navidad mirémonos unos a otros con ojos de bondad y de fraternidad. Miremos profundamente a nuestro prójimo y recordemos que él es un hermano de Jesús y un hermano nuestro y una hermana nuestra.
Abracemos a nuestros hijos e hijas como si estuviésemos abrazando al Niño Jesús.
Después que Dios se hizo uno de nosotros, ya no hay motivos para estar tristes y desesperados. Ahora lo que corresponde es la alegría y el amor.
*Leonardo Boff ha escrito O sol da esperança: Natal, histórias, poesias e símbolos, 2007. Puede ser adquirido en este e-mail: contanto@leonardoboff.eco.br; el precio es módico y será enviado por correo a quien lo solicite.
Traducción de MªJosé Gavito Milano
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