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8 de agosto, fiesta de la Virgen del Miracle, la Virgen Niña
Hoy 8 de agosto, domingo siguiente al día 3, celebramos la fiesta de la Virgen del Miracle, la Virgen Niña, que el 3 de agosto de 1458, en el prado de Bassadòria, cuando caía la tarde, “que ya la sombra pasaba los torrentes”, como cantan los gozos, la Virgen se apareció al pequeño Celdoni.
El niño de la masía de Cirosa vio “una cosa parecida a una niña hermosa, que estaba arrodillada con las manos juntas dirigidas hacia el cielo, con una bella cruz que tenía en las manos”. La Virgen Niña, “fuente de gracia que siempre va curando los flagelos humanos”, se apareció más tarde a Jaume, hermano de Celdoni, cuando el niño, que iba al lugar de la aparición a recoger una oveja que se había extraviado, vio una niña “de cabello en rizos de oro, vestido blanco, manto de rosa”, arrodillada cerca de un enebro, que le dijo: “Dile al pueblo que haga procesiones, y que se conviertan, y que vuelvan a la parte de Dios”.
Un año después de la aparición el obispo de Urgell, Arnau Roger de Pallars, autorizó la construcción de una capilla bajo la advocación de Nuestra Señora del Miracle, que subsistió hasta la mitad del siglo XVI. El 1553 se construyó un albergue para que pudiesen alojarse los peregrinos que venían a venerar a la Virgen, que durante los siglos XVII y XVIII se amplió, hasta convertirse en la actual “Casa Gran”.
El 1590 se consagró la segunda iglesia (que fue derruida a finales del siglo XVIII) y el 1652 se encargaron las obras del actual templo que continua inacabado y contiene un magnífico retablo barroco obra del escultor Carles Morató, dorado y policromado por el ciudadano de Solsona, Antoni Bordons.
El mensaje de volver “a la parte de Dios”, que la Virgen del Miracle dirigió a los dos hermanos, es la llamada a la conversión que encontramos en el Evangelio y lo que pide también San Benito a los monjes en el prólogo de su Regla, de volver, por la obediencia, a Aquel del cual nos habíamos alejado por la desobediencia.
María, que “precede el peregrinaje del Pueblo de Dios, como signo de esperanza y de consuelo” (Lumen Gentium 55), nos acompaña en el camino de la fe como la primera de los discípulos de Jesús. Y es que Santa María, la doncella dócil al Espíritu, obediente a la Palabra de Dios, es aquella que, como dijo San Ambrosio, “es imagen de la Iglesia por la fe, la caridad y la unión con Cristo”. Por eso los cristianos invocamos a Santa María, la “llena de gracia” (Lc 1:28) y la “bendita entre todas las mujeres” (Lc 1: 42), la madre de los creyentes y el “honor de nuestro pueblo” (Jt 15 : 9). Y es por eso también que hoy los monjes de Montserrat que cuidamos el santuario del Miracle desde hace más de 100 años, (por deseo de la diócesis de Solsona) y los cristianos que vienen al Miracle, como hemos hecho de generación en generación, proclamamos a María profetisa del Magníficat, Madre de Dios y madre de la Iglesia.
Que “desde la cima de este lugar”, como cantan los gozos, la Virgen del Miracle gire “dulce la mirada sobre los hijos de este país”, ella que es para la Iglesia “un sol por la hermosura y de gracias un tesoro”.
Y es que Santa María que, como cantan los gozos a la Virgen del Miracle, es “iris bello que en el mundo Dios pone de alianza por señal”, sea hoy y siempre, consuelo para los afligidos, salud para los enfermos, alegría para tristes y paz para los atribulados.
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