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Unidad en la diversidad, unidad humana
Estimadas y estimados, este domingo se celebra la «Semana de oración para la unidad de los cristianos» y, al mismo tiempo, es el domingo dedicado a la Palabra, instaurado por el papa Francisco. Ambas ocasiones merecen sobradamente nuestra atención.
A menudo se ha malinterpretado la división de los cristianos, pensando que, en sus inicios, había una perfecta armonía que se habría deteriorado con el paso de la historia. Pero nada más lejos de la realidad, porque casi siempre ha habido discrepancias entre los cristianos —fruto de la misma condición humana—, y nunca existió esa uniformidad o perfecta armonía, tal y como se desprende releyendo la vida de las primeras comunidades cristianas, expuesta en el Nuevo Testamento. Pero podemos decir que lo que ha caracterizado desde siempre a la comunidad cristiana ha sido su comunión: los cristianos se han mantenido fieles al núcleo de la fe, al credo, en comunión con sus pastores, comunión compatible con una diversidad de ritos y tradiciones que han persistido desde tiempos antiguos hasta hoy, en algunos casos.
Ahora bien, esta comunión en la diversidad se ha visto alterada históricamente por quienes se han desvinculado de sus pastores por motivos doctrinales u organizativos y han actuado al margen de la comunión con el resto. Dicho con otras palabras, han roto la «plena» comunión eclesial, como indica la Constitución sobre la Iglesia, Lumen gentium, del Concilio Vaticano II (cf. LG 14-15).
Esto significa que queda una unidad, aunque no plena. Porque «la Iglesia se siente unida por muchas razones con aquellos que, por estar bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan íntegramente la fe o no conservan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro» (LG 15). Ésta es la unidad que quisiéramos alcanzar: la comunión «plena» o la unidad en la comunión. Desde el Concilio Vaticano II se han alcanzado algunos importantes acuerdos ecuménicos; pero todavía estamos lejos de conseguir una unidad en la comunión.
Lo que sí compartimos todos los cristianos de las distintas confesiones es la «comunión en la Palabra». Somos «oyentes» de la misma Palabra, para utilizar la expresión del teólogo Karl Rahner, y todos proclamamos la misma Palabra de salvación. Creo oportuno recordar esto en este domingo dedicado a la Palabra, porque —además— la «comunión en la Palabra» no es sólo una comunión cristiana, sino que está llamada a ser una comunión que englobe a todas las mujeres y hombres.
La Palabra que proclamamos los cristianos debe ser también palabra de comunión universal entre todos los hombres y mujeres de cualquier condición, como si fuera una paráfrasis de las palabras que abren la Constitución sobre la Iglesia en el mundo, Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II: «Los gozos y esperanzas de los hombres son también los gozos y esperanzas de la Iglesia» (cf. GS 1). La Palabra debe unirnos en la fe, pero también debe unirnos en la caridad y en la esperanza. Unidad entre la gente cristiana de las diversas confesiones y unidad humana, en la que estamos y de la que participamos.
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