La "gloriosa" resaca futbolera
Me viene la idea de publicar aquí unos versos, recién salidos en libro de la imprenta, cuando acaban de descender a Segunda el Zaragoza, el Deportivo de la Coruña y el Mallorca. Noticia sin importancia para no pocos que se tienen por sabios y posiblemente lo son. Pero gravísima para sus masas de abonados y seguidores. Cuando yo era joven y un poco más intolerante que ahora, despreciaba cordialmente a los futboleros. Apenas entendía como podían compaginar con la racionalidad su condición de tales. Luego me hice más comprensivo y debí de crecer algo en el sentido del humor. Crecí también seguramente en el hábito de rimar con el fragor y el éxtasis de la masa. Hasta escribí una novela, sólo en parte futbolera, que se acercó mucho al éxito en un concurso importante y que me valió la Insignia de Oro de mi club. Perdón si a alguno le suena esto a inapropiado autobombo. Lo que quiero afirmar ahora es que el fútbol, esa abigarrada mezcolanza de negocio e intereses desorbitados, espectáculo, pasión, esplendor y miseria, proporciona una crecida experiencia de sufrimiento y felicidad, a partes desiguales. Y estos sentimientos se alzan potenciados como todo cuanto hierve y resuena en la multitud. No es lo principal de la existencia humana lo que en el estadio se ventila. “Desvanecido el griterío olímpico, / continuaba en el aire y en la calle / la vida verdadera”. Pero tampoco es éste el momento de entrar en teorías, algunas muy repetidas ya, sobre el bien y el mal, el claroscuro del deporte espectáculo. Por hoy no voy a ir ni más allá ni más acá de lo que dicen mis versos.
* El poeta, aficionado, se recuerda poseedor de la Insignia de Oro de un club de fútbol histórico -modesto- de Primera División.