Un aire irrespirable
La corrupción es un monstruo sin edad. La injusticia es de siempre. Quienes llevamos recorrido ya un largo trecho de nuestra vida la hemos tenido una y otra vez ante nuestros propios ojos. Su pestilencia ha puesto ante nuestras narices el regalo de un aire irrespirable. En algún caso se ha sustanciado en los tribunales con resultados de condena. Condena suavizada en su aplicación por la colaboración de los poderes. En otros sigue y sigue y cuando llega al final se difumina en nada o casi nada, para que continúe siendo cierto aquello de que “en la cárcel no hay más que pobres”, como declaró con dudoso humor un insigne inculpado que había pasado fugazmente por ella. Lo de devolver el dinero robado parece una ocurrencia de simples, una exigencia de ingenuos.
La corrupción es antigua como el mundo. Y, en estas tierras, tan cercana que se toca con las manos. Anda por ahí un mapa de la corrupción en España que llena de rojo bravo la piel de toro.
El salmo que sigue ya apareció hace tiempo en este blog. Pero, bueno, también repetimos cada día el Padrenuestro, los salmos y otras oraciones vocales más modestas. La que ofrezco, inspirada en un salmo, puede tener quizá estos días su punto de actualidad.