Deporte, poesía...
Este verano nos ha traído o nos va trayendo una redoblada ración de deporte: mundiales de fútbol, atletismo, motos y Fórmula 1, además de esa esperada oferta de las grandes carreras ciclistas. Gloria y honor al deporte que comunica y enlaza a los pueblos. No tanta gloria ni honor cuando estallan la pasión, los dudosos nacionalismos y aisladas manifestaciones de nacional, internacional o personal barbarie. Sombras menores al lado de las luces de las propias gestas deportivas y de los espectáculos que, a través de la televisión, se nos ofrecen en bandeja y en nuestra propia casa.
Quien esto escribe se ha visto alguna vez, tímidamente, con Píndaro y tiene un gran respeto al deporte y sus bien acreditados valores. Ello no le impidió compararse con cierto orgullo –¿como pecado venial transitorio?- con los grandes ases que las turbas fervorosas aclaman.