Adviento: nuestra casa definitiva, la grande, la eterna
Nuestra casa definitiva, la grande, la eterna, está allí. El adviento nos lo recuerda. El domingo pasado lo repetíamos en el salmo responsorial. Qué suerte rezar oficialmente con palabras tan bellas. Qué alegría cuando me dijeron: / “Vamos a la casa del Señor”. / Ya están pisando nuestros pies / tus umbrales, Jerusalén. Jerusalén es el final del viaje humano, la “ciudad que no se acaba”. Además de la cercanía de las fiestas navideñas, celebramos la venida postrera del Señor que nos abre la entrada a esa ciudad donde “se nos prepara una vivienda eterna”. En adviento o fuera de él, canté modestamente, desde la esperanza, la certeza de llegar a esa casa y a esos brazos que en el amor sostienen el mundo.