La inteligencia del corazón
El corazón que humaniza
El recuerdo es el presente del pasado. Cuando un ser querido muere, nos queda el recuerdo. Es más que la memoria.
Séneca, el filósofo y orador romano del siglo I, en las Cartas a Lucilio (procurador romano de Sicilia), habla de las dos caras del recuerdo: la áspera y la suave, en estos términos:
“Ahora tú eres el guardián de tu dolor, pero también cae para aquel que lo guarda, y cuanto más vivo es ese dolor, más pronto termina. Procuremos que el recuerdo de los que hemos perdido nos sea agradable. Nadie vuelve de buen grado a aquellas cosas en las cuales no puede pensar sin sentirse dolorido; en verdad, no puede dejar de ser que el nombre de los difuntos que amamos nos sea recordado sin que veamos nuestro corazón transido, pero aun esta emoción tiene su deleite. Porque, como solía decir nuestro Atalo, “la memoria de nuestros amigos difuntos es como algunas manzanas que tienen una suave aspereza, como el vino muy viejo en el cual encontramos un amargor delectable.”
Permitirse recordar sanamente supone dar espacio a la narración del pasado, de su significado, utilizando la evocación de hechos, de imágenes, utilizando objetos, fotografías, etc., que contribuyan a colocar al difunto en un lugar adecuado del corazón, donde no haga daño, donde constituya, como tal recuerdo un valor del presente.
Así es el recuerdo en el duelo: tiene sabores. Por un lado, nos gusta y por otro nos hace sufrir. El secreto del trabajo del duelo está en aprender a recordar para hacer camino, saboreando la diversidad, sin quedarse exclusivamente en el pasado, sino mirando hacia adelante.
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