La inteligencia del corazón
El corazón que humaniza
¡Qué hermoso verbo: humanizar! Está reclamando una recuperación de la narrativa, de la retórica, de la sabiduría de explorar la condición humana en el encuentro interpersonal.
Que no somos solo biología, parece obvio. Que nos hace cómodo olvidarlo, también es obvio. Y lo olvidamos. Lo hacemos en relaciones profesionales, como las que son fruto de las ciencias biomédicas, cuando reducimos la persona a datos, cuando nos interesamos solo de los indicadores biológicos y nos olvidamos de las historias, de lo subjetivo, de lo valórico, lo espiritual, lo emocional.
El desarrollo del positivismo en medicina va a la par de la dinámica deshumanizadora. Quién sabe si alguna empresa se ocupará con interés en promover esa humanización que vendría de la mirada viva, no de la pupila quieta del observador de los indicadores. El olvido de lo biográfico deshumaniza.
Bien lo decía Ortega y Gasset: “En el momento en que miremos algo humano con pupila quieta, lo deshumanizamos”. La mira ha de estar viva, estar dispuestas a captar desde diferentes puntos de vista, a ver la riqueza y complejidad del proceso de enfermar y morir. Así es también el proceso de sanar: en él concurre una biografía, una motivación, una perseverancia, una adherencia, una esperanza. Sin estas, no hay curación. Y si la hay, la salud no persiste, no tiene consistencia, se pierde de nuevo.
Llamados a establecer una alianza terapéutica, los profesionales no nos podemos desentender del proceso de sanar con una mera intervención que, bajo apariencia de profesionalizada, reduzca el acto profesional a una mirada de pupila quieta.
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