La sabiduría del corazón
Corazón pensante para humanizar
Un repaso a la compasión a través de la Historia del Pensamiento
Hay quien, al argumentar a favor de la eutanasia, esgrime razones de compasión ante el sufrimiento de quien no quiere vivir.
La compasión del latín cumpassio, traducción del vocablo griego, es una palabra compuesta que significa “sufrir juntos” es una emoción humana que se manifiesta a partir del sufrimiento de otro ser.
Los estoicos la ven como una debilidad, en especial, Séneca que decía que se debe auxiliar al prójimo, pero sin sentir compasión. Sinónimo de compasión es piedad para Descartes, que la consideraba una de las pasiones del alma: “la piedad es una especie de tristeza mezclada de amor, o de buena voluntad hacia los que vemos sufrir algún mal”.
Spinoza la definía como “la tristeza del mal ajeno”. Pero no la consideraba una virtud, sino un elemento únicamente de la razón. Para Hutcheston constituye el fundamento del sentido moral, en cuanto la compasión como benevolencia es un instinto promotor del bien ajeno.
Rosseau y Schopenhauer la elevan a que es fundamental como unión de uno con el todo, supone la identidad de todos los seres humanos, desde el hecho de que el dolor no sea exclusivo del que lo padece, sino a todo ser humano. Nietzche la describe como la disciplina del sufrimiento. La fenomenología de Scheller no la ve como un sentimiento intencional único y unívoco, sino como un sentimiento que se extiende, por así decirlo, en varios grados, desde la proyección emocional pasando por la simpatía, empatía, benevolencia, piedad, misericordia y llegando al amor.
En la tradición bíblica, compadecerse se expresa como un estremecimiento de las entrañas que comporta, según los estudiosos del verbo correspondiente (splagnizomai), la misericordia y tiene diferentes momentos: ver, es decir, entrar en contacto con alguna realidad de sufrimiento mediante los sentidos; estremecerse, es decir, el impulso interior o movimiento íntimo de las entrañas; y actuar, es decir, que no es un impulso infecundo, sino que mueve a la acción.
Al fin y al cabo, la compasión no puede quedarse en mero sentimiento, sino en una transformación activa de la persona hacia la vida gozosa, cuidada, atendida en su fragilidad, tanto física como espiritual. Es frágil la vida, es fuerte la compasión. Quizás por eso Agustín de Hipona a la misericordia la llamó “el lustre del alma” que la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa; y Tomás de Aquino llamó la atención sobre el serio riesgo de que la “justicia sin misericordia es crueldad”.
La compasión es un sentimiento que fecunda el valor del reconocimiento. La inteligencia compasiva es solidaria, cuando se libra de las derivas de la razón, crea, en palabras de Ortega, un nuevo régimen atencional que se configura como inteligencia cooperante, libre, multiforme y esperanzada.
No creo que sea posible compatibilizar la genuina compasión con procurar la muerte a otro ser humano sin explorar todos los recursos de cuidados compasivos posibles.
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