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También en Uruguay
La pertenencia a una institucionalidad religioso-cristiana es como un témpano del pasado que se derrite lentamente. Aunque no es algo global, al menos en Occidente se está extendiendo la «no pertenencia» a institución religiosa alguna, y ya es un hecho de nuestro tiempo. Se constata sobre todo entre las generaciones jóvenes. Así lo identificó en el año 2018 el Pew Research Center (PRC) localizado en Washington DC:
“Los adultos jóvenes tienden a ser menos religiosos que sus mayores. Lo contrario muy rara vez sucede. Los adultos más jóvenes tienden a ser menos religiosos que los mayores en muchos países. En 41 países predominantemente cristianos, los jóvenes adultos se identifican menos con cualquier religión que los adultos de más edad. En esta lista, Uruguay ocupa el noveno lugar en el mundo”.
En América Latina vive casi el 40% de la población católica mundial. La Iglesia Católica Romana tiene un Papa latinoamericano por primera vez en su historia. No obstante, el catolicismo va disminuyendo en toda la región, según una encuesta del PRC realizada en 19 países de América Latina y el Caribe.
“Los datos históricos sugieren que, durante la mayor parte del siglo XX, desde 1900 hasta la década de 1960, al menos el 90% de la población de América Latina era católica. En la actualidad, solamente el 69% de los adultos de la región se identifican como católicos. En casi todos los países encuestados, la Iglesia católica ha experimentado pérdidas netas, ya que muchos latinoamericanos se han unido a iglesias evangélicas protestantes, o bien, han rechazado por completo la religión organizada”.
Entre quienes se pasaron a otras iglesias o movimientos religiosos, se les preguntó las razones más importantes de su abandono del catolicismo, y la causa más reiterada fue “estar buscando una conexión personal con Dios”. Mientras que entre las generaciones jóvenes crece silenciosamente la indiferencia hacia la religión organizada, o al menos, la actitud de “creer sin pertenecer”. Es verdad que “una conexión personal con Dios” presupone un antropomorfismo religioso ya añejo, y posiblemente tóxico. De todos modos, se trata de personas que están en búsqueda. La insatisfacción religiosa poco a poco se instala entre los cristianos latinoamericanos. Entonces, no es suficiente preguntar “¿por qué, cómo o desde cuándo sucede esto?”, hace falta preguntar también “¿qué significa este cambio religioso?”. Volveremos sobre esto al final.
Uruguay es el país más laico de América Latina, según todas las encuestas. Este dato hunde sus raíces en el radical laicismo que se introdujo en él en la segunda mitad de siglo XIX hasta mediados del XX.
Según el Pew Research Center un 37% de los uruguayos y uruguayas se declara sin religión, ateo o agnóstico. En ningún otro país latinoamericano encuestado, la población sin afiliación religiosa alcanza el 20%. Y el catolicismo llegaría a un 42% (ibíd).
Por otra parte, un reciente estudio uruguayo realizado por la Universidad de la República, cifra la población que se declara “sin religión, ateo o agnóstico” en el 47.16%, mientras los católicos alcanzan el 37%, y otras iglesias cristianas llegarían al 15%.
Junto a este núcleo tradicional sin afiliación religiosa, crece también en Uruguay -como el resto del continente- un proceso de desinstitucionalización religiosa, tanto en el campo católico como en el protestante tradicional, sobre todo entre las clases medias y población universitaria, mientras en las clases bajas hay un desplazamiento hacia «nuevos movimientos religiosos» evangélicos. En todo caso, como afirma el sociólogo uruguayo Néstor Da Costa: “Creer sin pertenecer parece ser una tendencia fuerte en la sociedad uruguaya en general” (Religión y sociedad en el Uruguay del siglo XXI. Un estudio de la religiosidad en Montevideo).
En otras palabras, más y más, las personas todavía creyentes en Uruguay se distancian de los dogmas, ritos, creencias y prácticas de la institucionalidad religiosa, y optan en modo difuso por “creer a su manera”, o “creer sin pertenecer”, o vivir su fe cotidiana con cierto grado de indiferencia hacia las iglesias tradicionales.
Nos preguntamos por el significado de este lento pero irreversible cambio religioso, y nos surgen más preguntas.
Hay algunos estudios sociológicos locales sobre este cambio religioso en algunos países latinoamericanos, pero casi nada hay de estudios autocríticos por parte los profesionales de la religión latinoamericanos. Al contrario, persisten en mantener como sagradas las creencias y doctrinas atávicas, fábulas, supersticiones y mentiras que trasladan al pueblo y su religiosidad popular, enterrando a éste en la ignorancia, el miedo y la culpa.
El Dios clásico de la institucionalidad religiosa, el «teísmo» convoca cada vez menos, ya lo sabemos. ¿Acaso el theos de la liberación -tan propio de la identidad religiosa latinoamericana- todavía convoca? ¿O también lo hace cada vez menos? ¿Por qué la Teología de la liberación, en general, todavía se resiste a liberarse de theos? ¿Acaso esa teología no está ya en edad más que adulta? Opino que, teológicamente hablando, la reflexión teológica en América Latina todavía no ha dado ese paso de madurez sobre el que sentenció Raimon Panikkar: “quien está avanzado en la vida espiritual, ya no se apoya en dioses”. En fin, el teísmo está desapareciendo.
Un refrán dice: “una grieta en el tejido amenaza con romper toda la tela”. Y el evangelio sugiere como que Jesús no veía salida a semejantes situaciones de deterioro: «un remiendo nuevo rasga el tejido viejo». La grieta cada vez más grande en el tejido del teísmo parece amenazar con romper todo lo que esa tela cubre, inclusive la institucionalidad religiosa, como ya está ocurriendo... Parecería pues inevitable que se rompa la tela, y, quizás, hasta es bueno que “así sea”.
Tony BRUN, uruguayo, Washinton DC, EEUU.
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