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"Un camino lleno de retos, pero también de oportunidades"
La vida secular del diácono es una experiencia que requiere una profunda dedicación, no solo a la comunidad de fe, sino también a las exigencias diarias del mundo. A diferencia del presbítero, que está dedicado a una vida completamente religiosa, podríamos decir que se dedica a la Iglesia al 100%, el diácono mantiene una conexión diaria con la vida ordinaria, lo que le lleva a asumir una serie de responsabilidades laborales, familiares y sociales. Esta dinámica plantea una serie de desafíos y oportunidades que hacen de su vocación una experiencia única. A continuación, se exploran los pros y los contras de esa vida inmersa en el mundo.
Una de las mayores ventajas de ser diácono en un contexto secular es que se vive en contacto directo con las realidades del mundo. El diácono, al estar integrado en su comunidad, tiene la oportunidad de ejercer una pastoral más cercana y accesible. Su vida cotidiana le permite llevar el mensaje cristiano en espacios donde muchos otros no llegan. El trabajo, las interacciones en el barrio, los encuentros en el colegio de los hijos o incluso las compras diarias son momentos en los que el diácono puede ejercer como testigo de Jesucristo
El diácono es un ministro en el medio del mundo, y su presencia en situaciones cotidianas le ofrece una oportunidad invaluable para practicar la caridad y la evangelización. En palabras del querido diácono pamplonés Fernando Aranaz, "el diácono es como un funambulista que tiene que estar haciendo muchas cosas a la vez sin perder el equilibrio". En este sentido, su vida diaria no es solo una labor de conciliación entre trabajo, familia y ministerio, sino también una forma de mostrar que la vida cristiana no está limitada a los espacios sagrados, sino que se extiende a todas las facetas del mundo.
Además, los diáconos, al tener una vida secular, suelen gozar de una cercanía con las personas que les permite comprender mejor sus problemas y necesidades. En muchos casos, pueden ejercer su pastoral en contextos en los que otros ministros no están presentes, como en el ámbito laboral o en las reuniones de padres en las escuelas. Su testimonio de fe puede surgir en cualquier lugar y momento, desde una conversación con un compañero de trabajo hasta una simple ayuda a un vecino que se encuentra en apuros.
Por otro lado, la vida secular del diálogo no está exenta de dificultades. La principal dificultad es la constante lucha por mantener el equilibrio entre las diversas responsabilidades que asumen. Como se mencionó anteriormente, el diácono debe conciliar su trabajo secular, su familia y su ministerio, lo que puede resultar en una sobrecarga de tareas y responsabilidades. El tiempo que dedica a su empleo y a su familia puede hacer que se sienta abrumado, dejando poco espacio para las actividades pastorales o para su vida espiritual. No es raro que piense en lo feliz que sería si dispusiese de más tiempo para rezar o tener a Jesús Eucaristía más cerca, viviendo en la parroquia.
El hecho de que el diácono viva en el medio del mundo también puede generar incomprensiones o prejuicios, tanto dentro como fuera de la comunidad eclesial. En ocasiones, puede ser difícil para los demás entender cómo un hombre que lleva una vida secular puede ser al mismo tiempo un ministro de la Iglesia. Esto puede llevar a situaciones incómodas, recuerdo en una ocasión tuve que sancionar a un subordinado guardia real y escuché “va de santo y luego me sanciona” o actualmente teniendo como presidente de la comunidad de vecinos que tomar la difícil decisión de denunciar a uno de los vecinos. La figura del diácono en estas situaciones cotidianas puede ser vista de manera contradictoria: por un lado, como ministro espiritual y, por otro, como alguien que debe cumplir con las responsabilidades laborales o comunitarias.
La conciliación entre estos diversos roles es un reto constante para el diácono, que se enfrenta a la dificultad de ser un ministro de la Iglesia en un mundo que no siempre entiende ni valora su ministerio. A menudo, las expectativas familiares, laborales y comunitarias pueden entrar en conflicto con su llamado espiritual, y esto puede llevar a un sentimiento de deseo.
Y es que precisamente la singularidad de este ministerio respecto a los obispos y presbíteros es el vivir de un trabajo como los laicos como ellos, formar un matrimonio y una familia. A pesar de los retos que conlleva, la vida esta secular es una oportunidad para llevar el mensaje cristiano a lugares donde otros no lo harían. Su presencia en el mundo le permite servir de puente entre la Iglesia y la sociedad. Al estar involucrado en el trabajo y en la vida cotidiana de las personas, el diácono se convierte en un testimonio vivo de la fe, no solo en las horas que dedica a la oración o a los servicios parroquiales o caritativos, sino en sus interacciones diarias mundanas.
La vida secular del diácono es una llamada a vivir el Evangelio en todas las áreas de la vida, desde el ámbito laboral hasta el familiar. A pesar de los desafíos y las dificultades que pueda enfrentar, el diácono tiene la capacidad de ser una presencia de Dios en el mundo, llevando esperanza, consuelo y amor a quienes más lo necesitan. Esta conexión entre la vida ordinaria y el ministerio religioso es un aspecto fundamental de su vocación, que le permite cumplir con su misión de ser "luz del mundo" en cualquier lugar y circunstancia.
La vida secular del diácono es un camino lleno de retos, pero también de oportunidades para servir a Dios y a los demás en contextos muy diversos. A través de su ministerio, el diácono puede llevar el Evangelio a todos los rincones de la vida cotidiana, sin que su labor esté limitada a los espacios litúrgicos o a los ámbitos eclesiales. Sin embargo, este estilo de vida requiere un esfuerzo constante para equilibrar las demandas laborales, familiares y espirituales, lo que puede llevar a momentos de dificultad o incomprensión.
A pesar de estas dificultades, esta inmersión en el mundo es un regalo, una manifestación de cómo la fe puede integrarse en todos los aspectos de la vida, y de cómo, a través de su presencia en el mundo, un diácono puede ser una luz que ilumina a aquellos que lo rodean. Si bien la conciliación entre estos distintos aspectos de la vida puede ser compleja, el diácono, como un funambulista, sigue caminando con fe, equilibrio y dedicación en su misión de servir a Dios y a su comunidad.
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