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¿Por qué no lo cuentan? Darían un excepcional testimonio de entrega
Cuenta el obispo de San Sebastián en una de sus homilías que los obispos vascos preguntaron al Gobierno autonómico si habían encontrado algún brote de contagio en el ámbito litúrgico. "Ni uno solo en los templos", respondieron. "Los templos, tal y como estamos haciendo las cosas, no constituyen un lugar de riesgo", explicaba monseñor Munilla, dejando caer el mismo mantra de los sectores ultraclericales, que vuelven a hablar de persecución a la Iglesia por un supuesto 'cierre' de templos durante la pandemia.
Munilla asegura que no ha habido contagios en los templos. Eso es algo que no sabemos... entre otras cosas porque ni siquiera los propios obispos admiten sus contagios. Con contadas excepciones. Según ha podido sondear RD, al menos una veintena de obispos diocesanos, y varios auxiliares y eméritos, contrajeron el coronavirus a lo largo de estos meses de pandemia. Algunos, incluso, de los que se vanaglorian de las iglesias como rincones no afectados.
Apenas conocemos el positivo de cinco prelados en nuestro país. Uno, lamentablemente (Antonio Algora, obispo emérito de Ciudad Real), fallecido. Los otros cuatro, los prelados de Ávila, Salamanca, Palencia y Solsona. Sin embargo, entre los contagiados, como no puede ser de otra manera pues forman parte de la sociedad, ha habido muchos sacerdotes y religiosos (centenares de ellos dando la vida), y también obispos. Pero, ¿por qué no lo cuentan?
La situación resulta inédita: hasta el Vaticano ha informado de las pruebas serológicas del Papa Francisco. En Italia, conocemos al dedillo la situación sanitaria del presidente del Episcopado, cardenal Bassetti. Luis Antonio Tagle, prefecto de la Propaganda Fide, también anunció su positivo. En el mundo son muchos los prelados que, en medio del sufrimiento, el temor y la enfermedad, han dado un paso adelante y han anunciado su positivo.
¿Por qué no lo cuentan? Darían un ejemplo inestimable de pertenencia al pueblo al que dicen servir. Además, aparecerían como testigo directo del sufrimiento. Ocultar la enfermedad, que es muy legítimo en el ámbito de lo privado, no lo es tanto cuando hablamos de personajes públicos. Y los obispos, no podemos olvidarlo, lo son.
Además, darían una muestra de apertura y legitimidad, que les permitiría hacer afirmaciones como la del obispo Munilla. Y también romper prejuicios y estereotipos, como el mantra falso sobre el cierre de iglesias o la persecución a los católicos, que tanto gustan a monseñor Sanz. Y daría a los fieles la sensación de que los templos, además de ser lugares seguros, cuentan con pastores que no se esconden tras los muros del palacio apostólico... y tras los del silencio.
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