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"La violencia no tiene justificación, el odio no tiene cabida, el racismo no tiene perdón"
Hace apenas unos días denunciábamos públicamente las declaraciones del partido VOX, que con total impunidad expresaba su intención de expulsar a ocho millones de inmigrantes. Aquellas palabras no eran solo retórica política: eran una amenaza abierta a la convivencia, a la legalidad y, sobre todo, a la dignidad humana.
Hoy, con profundo dolor y rabia, tenemos que denunciar no ya palabras, sino hechos. Los hechos ocurridos en Torre Pacheco no son un accidente, ni un incidente aislado. Son el resultado de un caldo de cultivo que se ha venido cocinando con discursos de odio, mentiras interesadas y políticas que deshumanizan.
Lo que ha pasado en Torre Pacheco ocurre dentro de un contexto internacional marcado por el auge de la xenofobia, el repliegue identitario, la criminalización del pobre y del migrante. Y lo más grave: ocurre mientras las instituciones públicas miran hacia otro lado o actúan con tibieza. ¿Dónde están las medidas reales para frenar los discursos que incitan al odio? ¿Dónde está la responsabilidad de los gobiernos, de las autoridades, de la justicia?
A la vez que condenamos la violencia ejercida contra un vecino de Torre Pacheco, denunciamos también el papel que algunos medios de comunicación juegan en esta crisis: generan bulos, los propagan, los adornan con falsa objetividad. No informan: deforman. Alimentan el miedo, la desconfianza, la división. Y lo hacen con un claro sesgo político y económico.
No podemos callar. La sociedad civil debe alzar la voz con firmeza: ¡basta ya! Gritamos en favor de la persona humana, sin importar su color de piel, su nacionalidad, su religión o su estatus legal. La vida humana no puede tener categorías. La dignidad no se negocia.
Exigimos que la Iglesia, y todas las religiones, se pronuncien sin ambigüedades. No pueden ser cómplices pasivos del odio. No puede haber ningún texto sagrado, ninguna tradición espiritual, que se use para justificar el racismo, el desprecio, el abuso. Lo suyo es la defensa activa de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad.
"No hay justicia si no se reconocen y protegen todos los rostros, especialmente los más vulnerables"
Desde el Evangelio, desde la fe que proclama al Dios de la vida, decimos claramente: no hay amor posible sin justicia. No hay justicia si no se reconocen y protegen todos los rostros, especialmente los más vulnerables. Jesús no expulsó más que a quienes mercadeaban con la religión: acogió, sanó, alimentó, caminó con quienes eran marginados por el sistema.
Hoy, como entonces, decimos: la violencia no tiene justificación, el odio no tiene cabida, el racismo no tiene perdón. Que nadie utilice la fe como escudo para el desprecio. Que nadie use la ley para perseguir al inocente.
Este es el tiempo de actuar. La dignidad humana nos llama.
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