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Mensaje de Navidad del presidente de la Conferencia Episcopal
¡Buenas noches! ¡Feliz y santa Navidad a todos!
Esta noche tan especial, llena de luz y de esperanza, quiero dirigirme especialmente a todos aquellos que viven en la oscuridad y en la intemperie, a aquellas personas que están sufriendo por diversas circunstancias: por motivos personales, por problemas de salud, por no tener trabajo, por la pérdida de un ser querido, por las consecuencias de las inclemencias de la naturaleza, como la erupción del volcán Cumbre Vieja y las inundaciones por la crecida del río Ebro… Y por otras muchas circunstancias que alteran nuestra vida y nos desalientan.
Son tiempos difíciles para todos. Los efectos de la crisis del 2008 se han visto profundamente agravados por los efectos de una pandemia cuyas consecuencias han generado una crisis sanitaria, económica y social que ha alterado enormemente nuestras vidas.
Este tiempo de profunda oscuridad que viven de manera acentuada muchos hermanos y hermanas no es ajeno a Dios. Como tampoco lo era la oscuridad que vivía el pueblo de Israel hace ahora 2021 años.
Dios no quiere que nos asustemos y perdamos la paz en la oscuridad. Dice san Juan en el prólogo de su Evangelio: «la Luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no logra sofocarla» (Jn 1,5). En efecto, el Misterio de la Navidad que celebramos cada año, quiere penetrar en lo más profundo de nuestro corazón para alimentar nuestra esperanza y recordarnos que Dios se hace presente en la oscuridad y en la noche de la humanidad.
No nos asuste, pues, el escenario oscuro que nos toca vivir. Asustémonos, eso sí, de ser incapaces de ver o acoger esa Luz que viene de lo alto.
¿Por qué somos incapaces de ver la Luz de Dios que brilla en medio de las tinieblas? Porque nos dejamos dominar por las preocupaciones, las angustias y los miedos, hasta el punto de no poder mirar más allá de nosotros mismos, de quedar herméticos a la esperanza que viene de Dios.
Además de no ver la luz de Dios, existe también el riesgo de no poder acogerla. Sucede esto cuando vivimos acomodados, aparentemente seguros, dispersos por multitud de distracciones que nos deshumanizan, incapaces de salir a la intemperie para acompañar a los que viven en ella.
Ante este escenario de profunda incertidumbre, la Iglesia, la gran familia de los hijos e hijas de Dios, tiene y puede ofrecer más esperanza que nunca. Queremos ayudar y compartir el calor de la comunidad cristiana y el consuelo de la fe.
En esta noche de la historia, la Iglesia invita a toda la humanidad a no perder la oportunidad de ver y acoger la Luz de Dios.
María es el gran testimonio de cómo puede cambiar la historia si una persona acoge esa Luz que viene de lo alto y que es capaz de transformarlo todo. Acogiendo el mensaje del ángel, María se convierte en «la Madre del Señor» y en ella se realiza el misterio divino de la Encarnación del Hijo de Dios.
El Sí de María nos recuerda que nada es imposible para Dios. María pudo acoger esa Luz porque vivía atenta y profundamente unida a Dios.
Tras el testimonio de María, la primera discípula, son muchos los hombres y mujeres que han acogido a Dios en sus vidas y han pasado a ser luz para el mundo.
Estos hombres y mujeres son capaces de ver el mundo como lo ve Dios, que lo creó y vio que era bueno, un mundo lleno de luz y de matices, a pesar de las sombras.
Estas personas actúan como el buen samaritano que ayudó al herido que estaba tendido en el borde del camino e ignorado por todos.
Con nuestras acciones podemos colaborar con Dios en la edificación de un mundo más humano. Y si actuamos conjuntamente, sinodalmente, el fruto será abundante.
Hace unos días, en Barcelona tuvimos el gran regalo de poder inaugurar y bendecir la torre de María de la Basílica de la Sagrada Familia. En la cumbre de dicha torre, brilla la estrella de María. Ella se ofrece como guía en nuestro peregrinar por este valle de lágrimas camino del cielo.
Acabo recordando las palabras de san Bernardo, abad, que nos invitaba a mirar a María. Nos decía «¡Mira la estrella, invoca a María! Si la sigues, no te extraviarás.»
Queridos hermanos y hermanas, vayamos también nosotros a Belén, junto a María, a José y al niño Jesús, para aprender cuál es el lugar que nos corresponde en este mundo, en este día.
Eguberri on!
Bon Nadal!
Bo Nadal!
¡Os deseo una feliz y santa Navidad a todos!
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