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"Son el futuro, debemos cuidarlos, estimarlos y alimentarlos"
Cuando Bauman profetizó que nuestro tiempo se caracterizaba por ser líquido estaba
apuntando a nuestra forma de vivir, a nuestras instituciones, creencias e ideologías. No
dejó títere con cabeza. Tuvo la genialidad de describir una cultura, de lo que hacemos y
somos. La Iglesia, una de las realidades más graníticas que existen, no es una excepción.
Entra dentro de esta liquidez. Llevamos años convulsos, de dudas, de noticias que nos
parten el alma y que abren en canal nuestra fe. Añadamos el debate eterno de si anda en consonancia con los tiempos, la desvinculación con la juventud y con sectores de la
sociedad. Si la moral que predica ya no es vivible y asumida por el mismo pueble de
Dios. Obispos y mandatarios que no huelen a oveja, donde sus palabras no posibilitan ese hospital de campaña al que nos invita Francisco. Evangelio de postín que proyecta un Jesús de Nazareth a medias, siendo conscientes que el carpintero de Galilea no era muy amigo de las medias tintas.
Y de repente, ante todo este panorama, en los meses de verano, casi sin darnos cuenta, sin ser conscientes de lo extraordinario que acontece a nuestro alrededor, otra Iglesia se pone en camino, en marcha, junto a un himno que enarbola la esperanza de un sueño que puede cambiar el mundo, lo que chicos y chicas expresan a los cuatro vientos, y seguro, más de un lector recuerda: “Los Juniors cambiaremos el mundo, con un corazón de ilusión, y así junto avanzaremos, hacia un mundo mejor. Siempre unidos estaremos, enlazados en el amor, fuente de alegría, que nos da el corazón”.
En un mundo lleno de confrontación, donde la división hace furor y el insulto da réditos
electorales, una parte de la juventud, en cualquier lugar del mundo, canta los principios
que emanan del evangelio. Los Juniors son cambio y Jesús nos llama a ello, ¿qué es sino la resurrección? Sólo con una transformación personal, que brota de nuestro interior, del corazón, el mundo puede ser de otro modo. El mundo será mejor si todos y cada uno de nosotros creemos que podemos cambiar. Por esta razón el cristianismo cree en la dignidad de toda persona, en su carácter inviolable y transformable. Únicamente desde esta perspectiva pueden entenderse la fuerza y la potencia del perdón y la misericordia.
Si todo puede ser perdonado, la esperanza en la humanidad no tiene límites. La
esperanza no puede tener cortapisas. No hablamos de estados de ánimo pasajeros,
hablamos de virtudes, de acciones y modos de encarar y afrontar la vida. Los Juniors
nos dan razones para la esperanza en un mundo donde las tinieblas se muestran
ganadoras e inexpugnables.
Los Juniors es un movimiento que nos ayuda e inspira a ser testimonios de Jesucristo en
el mundo a través de la juventud. Una realidad que brota del laicado que le Concilio
Vaticano II aupó como la realidad que debía revitalizar la Iglesia. Hoy, ante la crisis de
vocaciones que vivimos, los laicos tenemos un papel crucial en el futuro de la Iglesia.
Por ello, los Juniors no son cuatro jóvenes que juegan y cogen la mochila de vez en
cuando para realizar una convivencia o un campamento de verano. Los Juniors son el
futuro de la Iglesia. Por ello, debemos cuidarlos, estimarlos y alimentarlos.
Estas líneas son un reconocimiento, un homenaje a todas aquellas personas jóvenes que su prioridad es su misión como educadores, el compromiso con la adolescencia, una de las etapas más complejas e incomprendidas de la vida. Seamos conscientes del valor educativo y social de la Iglesia porque los Juniors son Iglesia.
Y de la misma forma que exigimos una Iglesia dinámica y responsable con actos determinados de su pasado, también tenemos que poner en valor lo que cada año, cada verano es capaz de conseguir y es que miles de personas jóvenes nos recuerden, al unísono, que el mundo puede cambiar sólo si estamos unidos y tenemos ilusión. De ahí que los Juniors actualicen las palabras de Francisco comentando la importancia del pasaje evangélico del buen samaritano que es, sin lugar a dudas, uno de los fundamentos del mensaje de Jesús: “Preguntémonos: ¿Nuestra Fe es fecunda? ¿Nuestra Fe produce obras buenas? ¿O más bien estéril y, por tanto, está más muerta que viva? ¿Me hago prójimo o simplemente paso de lado? ¿Soy de aquellos que seleccionan a la gente según su propio gusto?”.
Escribo estas líneas como persona creyente, como enamorado de la causa de Cristo y
también como padre que ha visto por primera vez a su hija coger una mochila y
adentrarse en el movimiento Junior. Ha ido de la mano de jóvenes que para mí son
héroes, Marcos, Mariola, Sara, María, Toni, Edu, Tomás, Elena, Ana, María,
Emma… ponga usted, estimado lector, los nombres que quiera, que han pasado por su
vida, por su biografía e historia personal o por la que están pasando su tesoro más
preciado, sus hijos.
Los Juniors hacen posible a través de la experiencia, la reflexión, el compromiso y la celebración una formación integral como personas que no les es indiferente el mundo en el que viven. Y lo hacen porque están aquí para recordarnos a una persona que nos dejó un reto, la única utopía que nos liberará de los males que han aquejado y perforado a la humanidad. Es el proyecto de Jesús, es el proyecto del amor sin condiciones, sin tener en cuenta el color de piel, la lengua, la procedencia geográfica, económica o social. Los Juniors son la esperanza de la Iglesia porque representan la esperanza del mundo. SIEMPRE UNIDOS, SEMPRE UNITS.
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