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"Es como si hubiera pasado la guerra, peor. Hay lugares que están cerrados por montañas de coches"
"Hay calles de Paiporta que son montañas de coches…. Es como si hubiera pasado la guerra, peor. Hay lugares que están cerrados por montañas de coches”. Gustavo Riveiro es el párroco de San Jorge, en Paiporta, la ‘zona cero’ de la catástrofe por la DANA en Valencia, con más de 40 muertos y decenas de desaparecidos.
Hablamos con él mientras se oye el sonido de las palas, “estamos aquí tirando el fango” caído en las últimas horas, y que han sepultado a la ciudad. Después de 24 horas, han ido recuperando la cobertura telefónica, y están a la espera de que el Ejército pueda desplazarse a la localidad para comenzar las tareas de desescombro. “Y encontrarnos lo que lamentablemente nos vayamos a encontrar”.
“Estamos vivos, que no es poco. La situación de devastación material es inmensa, pero eso se arreglará tarde o temprano. Lo importante son los muertos, sus familias y todo el pueblo”, apunta, con ánimo pese a la desgracia, Riveiro, quien compagina su labor en Paiporta con su trabajo como secretario de la subcomisión de Turismo en la Conferencia Episcopal española.
“Yo estaba en la iglesia, con un matrimonio, que había sufrido una tragedia familiar (su hija nació muerta tras el parto), y estábamos organizando una celebración, precisamente para hoy”, nos cuenta Gustavo. “Entonces tuvimos noticias de que se había desbordado el torrente, y que venía el agua muy violenta. Desarmamos el grupo de adoración, mandé a todos a casa, y en cuestión de veinte minutos teníamos 30 centímetros de agua dentro”, explica. Las imágenes que nos envía dan buena fe de ello. Y de mucho más: “En una hora, había metro y medio de agua”. Una riada “violentísima, como esos ríos de montaña, ahora mismo la iglesia es como una piscina”. La parroquia de San Ramón, en la zona baja del pueblo, también ha sufrido la dureza de la riada.
“Acabamos con dos metros de agua dentro en la iglesia, que acabábamos de restaurar”, lamenta el párroco, que sin embargo ve brotes de esperanza en mitad de la tragedia. “Es tiempo de recomenzar. Estas cosas parecen del todo sombra, es una gran oportunidad para la comunidad local de repensar actitudes”.
“Debemos dar tiempo al tiempo”, concede, mientras explica la dificultad de encontrar una botella de agua: "No tenemos agua potable, anoche volvió la electricidad a ratos, y la comunicación”, vital para paliar “la angustia de muchos por no poder contactar con su familiar.
¿Qué puede hacer la Iglesia? “Lo que hace siempre, estar cerca de la gente, con su situación. La gente no es distinta de la Iglesia, la Iglesia es la gente”, explica el párroco mientras sigue limpiando el fango de las calles. “Estar, la presencia, acompañar, y el hecho de que se va abriendo un poco de sentido de solidaridad: la gente tiene dos botellas de agua y te comparte una. Paiporta es un pueblo solidario, esa es la verdad”.
“Es un golpe muy grande, que deja de rodillas al pueblo, y nos deja heridos”, concluye el párroco. “Estos son heridas significativas en el tejido social (…). No hay nada de nada, no hay metro cuadrado que no tenga una montaña de fango”, concluye, mientras continúa con su trabajo. Acompañar a la gente, con los sacramentos, con la escucha, y también con las manos.
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