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En vísperas inminentes de que unas 40 diócesis españolas cambien sus obispos
En España, y como quien dice, estamos en vísperas inminentes de que en unas cuarenta diócesis se produzca el cambio de sus respectivos obispos. Entre unas cosas y otras, por transcurridos ya en el ejercicio “laboral” de sus ministerios, cumplidos los 75 de edad; por desidia, pereza, compromisos o comodidad de los Nuncios pretéritos, con persistente mención para Enzo Fratini, o por simple y elocuente falta de candidatos “oficiales” ahormados al estilo antivaticano II imperante hasta el advenimiento del papa Francisco, el episcopado ha sufrido y sufre crisis extremas de identidad difícilmente comparables con las de pasadas épocas y países.
(Hay que reconocer con justicia que en estas ocasiones ni la política ni los políticos constituyeron óbice, o impedimento, alguno para solucionar este problema de tipo puramente eclesiástico. En tiempos felizmente democráticos, y al margen de “Nacionales Catolicismos”, la política no ha lugar en el episcopologio hispano, tan proclive de por sí a facilitarles a sus gobernantes entrar en santuarios, catedrales y templos a la sombra salvadora de los palios, porteados reverencialmente por los miembros de sus cabildos…)
Y en esta nueva reflexión episcopal, me limito a darle forma a algunas de las preguntas de primer grado que se formula una buena parte del pueblo de Dios, y otros que aspiran a serlo:
¿Cómo definir el acontecimiento, que se hace, y se hará, frecuente e importante noticia en los informativos y noticiarios de los medios de comunicación social, anunciando y narrando cuanto acontezca en los actos relativos a la sustitución o cambio efectuados en las respectivas sedes episcopales? ¿Se habla de “entronización”? ¿Se hace uso del término “toma de posesión”? ¿Nos limitamos a “entrada o recibimiento”, sin escatimar adjetivos clamorosos y triunfales?
Llamar “entronización” –“colocar a una persona en una posición muy elevada “, o “asiento con escalones y dosel en el que se sientan las personas de alto rango y dignidad, con sus “escudos de armas” y el lema de su pontificado”, parece una exageración absolutamente nada evangélica. Con insalvable dificultad podría entreverse la figura de Jesús “entronizada” de esta manera, resultando mucho más explicable la adjudicación del dicho que “quien fue a Sevilla perdió su silla”, con histórica alusión a los todopoderosos, cultos e ilustrísimos arzobispos Fonseca, de nombre Alfonso con sus “paternales” y patricios números cardinales de I, II y III.
Lo de “toma de posesión” les suena rematadamente mal a no pocos cristianos. Les recuerda a “La Bastilla” revolucionaria francesa. “Tomar posesión”, “tomar en propiedad”, o “acto de poseer algo con intención de conservarlo como propio”, resulta extremadamente vicioso y, por supuesto, anti-evangélico y anti-cristiano. No es lenguaje litúrgico. Ni canónico. Es además definitivamente impropio de los tiempos actuales, por irreligiosos que estos parezcan ser y hasta sean. Contar pastoralmente con un obispo “poseedor” de rentas, de personas, de cosas, de palabras y de gestos en exclusiva, no es alentador, y ni tampoco expresión de Iglesia, por muy “triunfante” que todavía esta nos sea presentada y en la que se nos adoctrine. Los tronos ni tienen ni tendrán buena prensa eclesiástica o de la otra.
Lo del “recibimiento y entrada” episcopal, arzobispal o cardenalicia se presta a interpretaciones nada piadosas, sobre todo cuando entre unas diócesis y otras se establecen pugilatos mediáticos político- sociales y religiosos por epatar y sobrepasar lo acontecido, sin dejar de mencionar las anécdotas feudales de tener que hacerlo a lomos de mulas, en carrozas o en sillas semi-gestatorias.
En este tipo de entradas sobran autoridades, representaciones “religiosas”, festejos y fiestas, menús, cantos, inciensos, turiferarios, campanas echadas al vuelo,- la “gorda” o de san Eugenio, fundida el año 1755, de la catedral de Toledo, pesa unos 10.000 kilos-, cohetes, tambores, trompetas, Caballeros con sus trajes, condecoraciones, lazos y lanzas, estandartes, banderas, medallas y títulos de Órdenes Militares ya fenecidas o extintas, “cruzados” o sin cruzar, canónigos, curas, frailes y monjas, Notarios Mayores, seminaristas, acólitos y escoltas con trajes de gala.
Cuanto se relaciona con los obispos precisa una buena, sana, santa, profunda y urgente reforma, comenzando por el sistema de su nombramiento, en el que es ya indispensable la intervención del pueblo, con los sacerdotes, laicos y “laicas”. Con “entronizaciones”, “recibimientos”, “tomas de posesión” o lo que sea, tal y como se efectúan en la actualidad, aun por imperativos litúrgicos, no se abren las puertas de la pastoral en la Iglesia “en salida” –que no “en entrada”- predicada por el papa Francisco.
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