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"En el camino de Emaús nos encontramos con un Jesús contemplativo en la acción"
Como signo pascual, en el camino de Emaús nos encontramos con un Jesús contemplativo en la acción. Contemplativo porque guarda silencio y escucha los secretos del corazón humano, del mismo modo que todo discípulo misionero primero ha de guardar silencio en su oración para escuchar el corazón de Cristo. Y en la acción porque Jesús también camina, reconoce los obstáculos del camino e interviene en los conflictos y agobios cotidianos de la humanidad; así como el misionero está llamado a responder a los retos de la cultura en la que anuncia.
La contemplación es una práctica pascual y toda misión comienza en los movimientos que la Ruach suscita en el discípulo capaz de entrar en el silencio. Y su salir, como el de Jesús, para sembrar esperanza no es inútil; su camino, su itinerario, tienen una meta. “Mientras camina, encuentra; cuando encuentra, se acerca; cuando se acerca, habla; cuando habla, toca con su poder; cuando toca, cura y salva.” -SS Francisco-
La contemplación permite al discípulo vivir la presencia de Resucitado; vivir, y vivir fundamentalmente el presente. Así se abre la dimensión de verticalidad que, junto con nuestra horizontal temporalidad, forma la cruz, símbolo de toda existencia auténtica. No se puede tener vida contemplativa ni auténticamente activa, si no se vive esta presencia de Dios, de la realidad, del presente.
La contemplación permite una transformación total de lo que vemos. Vivir la presencia de Dios y vivir en el presente, en el aquí y ahora, reunifica la existencia. La presencia de Dios nos lleva a vivir en profundidad, a hacer de cada encuentro una comunión, de cada ocasión cotidiana una revelación, de cada actividad, esfuerzo o dolor, una manifestación de Dios mismo; es en la presencia divina donde descubro a Dios, al mundo y a mis hermanos. Es contemplar en la acción.
Práctica pascual:
Aprovecharás una de esas ocasiones cotidianas, haciendo fila, en la sala de espera o aún en el lugar de trabajo, en las que podemos escuchar en silencio las tristezas y dolores de personas que terminan hablándonos. Contemplar su corazón; y si es oportuno, dar una palabra de esperanza. Luego orar a solas, diciendo:
“Cristo Resucitado, enséñame a contemplar, actuando como Tú lo haces”.
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