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Quítate las sandalias de los pies y conocerás que Yo Soy: solo un alma descalza puede unirse al ‘Yo Soy’ divino. Solo un alma desnuda puede hacerse Uno con el ‘Yo Soy’. Es que hemos perdido la tradición de entrar en oración descalzos; no solo descalzos físicamente, -que ya de por sí descalzarnos nos dispone-, nos permite no solo simbolizar que yo dejo atrás mis propios pasos, que yo dejo atrás todo lo que se me pega en el camino, que yo dejo atrás el obstáculo que pongo para tener contacto directo con la realidad; no solo sucede eso; hemos dejado de entrar descalzos y desnudos en la práctica orante.
Solemos entrar llenos de prejuicios, de intereses, de propuestas; llego a Dios proponiéndole. Pero es muy claro el llamado: “quítate las sandalias de los pies”. La experiencia de Moisés es la experiencia de todo orante contemplativo, que se comienza a maravillar ante algo que no había conocido. Moisés llevaba tiempo preparándose para esto. El hecho de que llevara muchos años pastoreando estos rebaños por las solitarias montañas, hacía que él se dispusiera interiormente: el silencio, la soledad, la búsqueda de caminos y de “verdes praderas”. Él se encontraba dispuesto; y por eso, ante un signo simple, -que se le vuelve maravilloso-, puede tener la experiencia del ‘Yo Soy’. Pero no se puede entrar a ella si no hay todo un trabajo de descalzarse y desnudarse.
Toda alma que camina en este horizonte descubre su yo soy. La presencia del ‘Yo Soy’, divino en el propio corazón; la presencia del ‘Yo Soy’ divino, en la propia existencia. La presencia del ‘Yo Soy’ divino en cada paso.
El Nombre de Dios no se refiere a una marquilla que tiene Dios para poderlo llamar, -como culturalmente entendemos los nombres-, como si fueran etiquetas, para que me llamen por el nombre. A eso no se refiere el Nombre de Dios. El nombre de Dios se refiere a la Presencia Divina. El Nombre es la Presencia. Por eso nosotros los católicos cuando iniciamos una liturgia decimos “En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; es decir, “en la Presencia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Cuando Dios revela su Nombre a Moisés revela Su Presencia, y Moisés sabe que ‘Yo Soy’; que “Yo Soy me ha enviado”; que ‘Yo Soy’ es la fuerza de mi vida; que ‘Yo Soy’ es a Quien se conoce cuando Moisés se descalza. Cuando un orante descalza sus pies y su alma, descubre la Presencia Divina, y es movido por la fuerza de esa Presencia, y podrá salir a compartir a otros que ‘Yo soy’.
No es el pequeño ‘yo’ de este orante que cree saberlo todo; ese se pierde. Cuando nos descalzamos, cuando nos desnudamos en la oración, “ya no soy yo…”; “ya no vivo yo…” yo ya no estoy aquí. Cuando eso sucede ‘Yo Soy’; el ‘Yo Soy’ con mayúsculas del Nombre divino; porque el ‘Yo Soy’ divino es el ‘Yo Soy siendo’, -lo que soy verdaderamente-: Presencia Divina. Por eso es necesario quitarse las sandalias para tener la experiencia de conocer el ‘Yo Soy’.
La experiencia orante no es una experiencia de un ‘pequeño yo’ que se acerca y se aproxima a un Gran Tú que queda fuera, y que solo tengo contacto con Él por un instante, y desaparece. La presencia orante contemplativa es más bien el abandono del ‘pequeño yo’ para descubrir la Presencia plena del ‘Yo Soy’ divino en mi existencia: “ya no soy yo” es el ‘Yo Soy’ divino, Quien ahora obra en mí.
No venimos a orar para sentir una sensación, ni venimos a orar para sentir una emoción grata, sino que venimos a desnudar el alma del yo, sin deseos, sin búsquedas personales
Y solo decimos la palabra ‘alma’ que camina; solo hablamos de alma, en el sentido de la totalidad de la identidad personal, cuerpo-alma. Cuando el alma-cuerpo alma camina en estas búsquedas debe desnudarse y debe dejar su ‘pequeño yo’. El yo del gusto corporal: no venimos a orar para sentir una sensación, ni venimos a orar para sentir una emoción grata, sino que venimos a desnudar el alma del yo, sin deseos, sin búsquedas personales, para que el ‘Yo Soy’ divino asuma plenamente esta existencia, y se manifieste; para que haya una cristofanía. Para nosotros los cristianos una manifestación de lo divino en esta existencia, que era la existencia limitada de un pobre hombre que no tiene mayor cosa. Y entonces puedo ver la fuerza de Cristo en mí, la fuerza divina que obra en mí y mi unidad con toda la creación y con toda la humanidad. Ya no soy yo; ahora ‘Yo Soy’.
Los invito entonces a adentrarse en la práctica contemplativa simbólicamente descalzos, humildemente sentados en el suelo, pero ante todo desnudos del pequeño yo, para que el ‘Yo Soy’ de Dios se manifieste. ¡Vamos a la práctica!
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