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"La tumba está vacía: porque se llenó de vida, ¡la Vida Plena del Resucitado!"
Como el amanecer a la plenitud de nuestra existencia, como el nuevo día en cada instante, así se nos presenta la Pascua. El sepulcro fue necesario para conocer el paso de la oscuridad a la Luz, de la tiniebla al resplandor, de la sombra a la claridad (cfr. Jn 3, 16-20). ¡Oh feliz culpa que mereció tal Redentor! Esta es la Buena Nueva Pascual: hemos salido del sepulcro abrigados por la bandera que lleva el Resucitado, anunciando que la Vida no conoce ocaso.
La Pascua como experiencia Plena de la Vida que nos resucita, es la participación en la vida en abundancia que Él nos trae (Jn 10,10) y nos devuelve el aliento. Así es la experiencia mística de encuentro con el Resucitado, que se nos da en la oración amorosa, consciente y profunda, y que nos impulsa a anunciarlo.
La tumba de nuestra confusión, de nuestras tristezas y lágrimas, como las de la Magdalena (Jn 20, 11-15); el sepulcro de la pesadumbre y la desesperanza de los peregrinos de Emaús (Lc 24, 15-21); la oscuridad del miedo y la decepción de los discípulos encerrados (Jn 20, 19) son colmados de vida si la oración se abre a la experiencia mística de Aquel que es la Vida y la Luz de los hombres (Jn 1, 4).
Entonces sabremos por qué la tumba está vacía: porque se llenó de vida, ¡la Vida Plena del Resucitado! Esta Buena Nueva se hace realidad, luego compromiso personal de cada discípulo misionero.
Así, la Luz Pascual despunta en el horizonte de nuestra arquidiócesis, de nuestra ciudad, de nuestro país, de nuestro mundo y alumbra con entusiasmo, un nuevo humanismo caracterizado por la fraternidad y la solidaridad universal.
Práctica pascual:
Me sentaré en el suelo, como la Magdalena ante el sepulcro vacío, y dejando de lado, escritas mis tristezas en papel, repetiré con serenidad y profundidad por 15 minutos en forma de oración, las palabras del salmo 26:
“El Señor es mi Luz y mi salvación ¿a quién temeré?”
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