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Es la gran utopía del Reino; que todos los dispersos se reúnan, que todos los extraños, los diferentes, los contrarios, los enfrentados; que todos se acerquen, que se reconozcan, que se acepten, que se congreguen. Los judíos soñaban con poder reunirse en la montaña de Sion; los que andaban errantes por la diáspora, los deportados y exiliados.
Esa es la meta, el gran sueño escatológico. Cuando todos podamos sentirnos llamados y convocados; cuando se rompan las diferencias y las enemistades; cuando todos nos sintamos comensales de la gran mesa del Reino a la que el Mesías nos invita; cuando todos nos sintamos, en el horizonte del Apocalipsis de Juan, una comunidad de hermanos, una gran familia, la gran familia universal.
Entonces todo será nuevo y joven; ya no habrá nada que nos enfrente, ni odio, ni envidias, ni violencias, ni sangre, ni muerte, ni luto, ni llanto. Las espadas se habrán convertido en arados, las armas de guerra en instrumentos de trabajo. Extenderemos la mano para saludarnos y no para pelearnos; y los brazos, no para derribarnos, sino para abrazarnos.
Este es el horizonte en que nos movemos. El clima de tensión que ha creado en el mundo el atentado de Paris debe ceder ante la necesidad de acercamiento y de concordia. La inmensa multitud congregada en Paris y desfilando, como un solo hombre, por el Boulevard Voltaire, desde la Place de la Republique hasta la Place de la Nation, se alza vigorosamente como el estandarte de una inmensa aspiración, como el grito casi desesperado de una sociedad que se desangra por romper barreras, por vencer violencias y hostilidades, por construir espacios de paz y de entendimiento. Todos esos hombres congregados en Paris, de religiones y credos políticos diferentes, de nacionalidades y razas distintas, de culturas, lenguas e ideologías diversas, expresan la aspiración más profunda de comunión y de paz que, en estos momentos, se agita como un volcán en las entrañas de nuestra sociedad.
Pero este acercamiento debemos ir construyéndolo poco a poco entre todos. Es la gran tarea, el gran reto, que se nos plantea hoy a los hombres de nuestro tiempo, creyentes o no, sean cuales sean los colores políticos que profesamos. Los que creemos en Jesús y damos crédito a su promesa, nos sentimos doblemente empeñados. Porque se palabra, siempre fiel y segura, ha sembrado en nuestros corazones un resorte de esperanza.
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