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Está celebrándose hoy el 24 Congreso “Católicos y Vida Pública CEU”. Este evento reúne a personas destacadas de la cultura y de la política, y representa, sin duda, un importante hito en el espacioso campo de la vida pública española de sello marcadamente tradicionalista y conservador. Tomo este dato para iniciar mi reflexión.
Hay un interés creciente por destacar la significación política del pensamiento cristiano y de sus opciones sociales. Ya el Concilio Vaticano II marcó pautas sobre este asunto en la Gaudium et Spes (a. 73-76), señalando el horizonte en el que deben moverse las opciones cristianas en la vida política. Hay que decir, además, que en los últimos tiempos han surgido grupos políticos renovadores con la pretensión de activar transformaciones sociopolíticas de inspiración cristiana. Habría que señalar aquí al conocido partido “Democracia Cristiana” de implantación importante en Alemania y, sobre todo, en Italia, con líderes de la talla del alemán Konrad Adenauer y del italiano Aldo Moro. De corte menos convencional habría que hacer referencia aquí al grupo federal del PSOE “Cristianos Socialistas”, bien representado y muy activo durante estos últimos años en las filas socialistas.
Ha existido también la tentación de adueñarse del patrimonio cristiano. No son pocos los grupos (los de inspiración católica por supuesto), que han enarbolado con fervor la bandera de la ortodoxia y de su incondicional pertenencia a la confesión católica. Si no me equivoco estos grupos se han distinguido por su talante tradicionalista y radical. Seguramente el grito que ha delatado su indiscutible identidad ha sido el respetable “¡Viva Cristo Rey!”. La ideología de estos grupos se ha caracterizado por una interpretación sesgada del mensaje de Jesús, junto con una exigente adhesión a las prácticas religiosas tradicionales. Han convertido, sin duda, su fe cristiana en una religión de misas, novenas, culto a los santos, devociones piadosas y ejercicios de piedad. Un estilo de religiosidad, sin duda, muy cercano al clericalismo dominante.
Junto a esta corriente hay que señalar otro tipo de fervientes defensores de su adhesión a Jesucristo y a su mensaje de las bienaventuranzas. Son grupos poco religiosos, escasamente practicantes y poco amigos de los curas y de
las sacristías. Sin embargo, son gente comprometida en el mundo de lo social y del trabajo, defensores de los necesitados, dispuestos a dar la cara en los conflictos y en las luchas por la justicia. Es otra forma de entender la inspiración cristiana y las exigencias de la fe.
Después de esta reflexión me queda algo más que decir. Tengo la convicción de que ninguna opción política agota las exigencias del evangelio. Ningún credo político representa una respuesta cabal a la totalidad del mensaje de Jesús. La fidelidad a Jesús y la fidelidad a las consignas del partido: no hay simetría. Aquí viene la palabra del Maestro de Nazaret: “no podéis servir a dos señores”. La radicalidad del reconocimiento confesional de Jesús, como Señor de la vida y de la muerte, creador y señor del universo, anterior a todo y preexistente, no es comparable al imperio de las ideologías o a las consignas de partido. No caigamos en la tentación de divinizar nuestras opciones políticas por puras y limpias que parezcan.
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