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El punto de referencia definitivo es la gran Iglesia. Es la Iglesia dirigida por los sucesores de los apóstoles, la Iglesia que cree en Jesús y le reconoce como Señor; es la que confiesa la misma fe y celebra la misma eucaristía. En esa Iglesia nos reconocemos y nos amamos como hermanos, aunque pertenezcamos a pueblos y razas diferentes, aunque hablemos lenguas distintas, aunque profesemos credos políticos distintos. Pero sabemos que lo que nos une es más profundo, más definitivo, más identitario: es la misma fe, el mismo bautismo, el mismo Jesús, reconocido como único maestro y Señor, la misma eucaristía, comida de comunión y de fraternidad.
Luego están las iglesias, las comunidades. Nuestra incorporación a la gran Iglesia la realizamos a través de las pequeñas iglesias, a través de las comunidades. Ellas nos ofrecen cercanía, un espacio concreto y familiar, delimitado por la historia, la cultura y los condicionamientos culturales. A través de las comunidades concretas nos unimos a la gran Iglesia y nos sentimos en comunión con ella. Eso es lo importante, lo definitivo, lo vertebrador y constitutivo.
Nuestra experiencia en las comunidades es sumamente importante, imprescindible. Porque nuestra incorporación a la gran Iglesia y nuestra comunión con ella solo es posible a través de las comunidades, de las iglesias locales. En ellas expresamos y cantamos nuestra fe, en ellas nos bautizamos, compartimos la eucaristía y celebramos los otros sacramentos; en ellas sentimos el calor de la cercanía y la fraternidad, nos abrazamos y nos perdonamos. Pero esta experiencia tiene carácter relativo, provisional; porque, a la larga, lo definitivo y fundamental es nuestra presencia en la gran Iglesia de Cristo, sea donde sea, sea cual sea el color de piel de nuestros hermanos, sea cual sea su cultura y su modo de hablar; porque, en última instancia, lo importante y lo que nos une en comunión no es tanto la simpatía, o la relación familiar o de amigos, sino la fe en Jesús, el reconocimiento de su señorío, el compromiso con el evangelio, el seguimiento del maestro y el amor fraterno, incondicional y desbordante.
Pero cuando nuestra experiencia cristiana y eclesial se agota en la pequeña comunidad, en el pequeño grupo; cuando nuestra comunión de fe y de amor no la vivimos abierta a horizontes eclesiales más amplios y plurales; cuando la mesa eucarística que nos reúne no es la gran mesa del banquete mesiánico, abierta sin fronteras a la gran comunidad de creyentes, de los ajenos y diferentes; cuando no somos capaces de expresar la fe, ni de celebrar la eucaristía, no como a nosotros nos gusta, sino como lo hace la gran Iglesia, entonces nuestra comunidad se convierte en gueto, cerrada en sí misma; y nuestra experiencia eclesial se convierte en experiencia de capillismo.
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